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Ruidos irritantes.

Isabel Larraburu

Ruidos irritantes. PDF Print E-mail
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Nos encontramos en un restaurante de ambiente familiar, lugar de encuentro dominical de familias extensas, comiendo la comida tradicional habitual. El entorno no puede ser más entrañable. Los camareros, solícitos y amables, pero sin perder de vista el trabajo. Hay que despejar las mesas para permitir la afluencia del mayor número de personas, el segundo turno. Los clientes están contentos y excitados por la comida y el vino. Se sienten transportados por el vértigo del escenario. Si hiciéramos un experimento y quitáramos el sonido, nos sería posible focalizar en las expresiones de los comensales sin distraernos con el significado de las palabras.

El abuelo, colorado y transpirado, con una expresión risueña, pero al mismo tiempo ansiosa por hacerse oír por alguien del extremo opuesto de la mesa. El pequeñín, contrariado y lloriqueando por escabullirse de la prisión de su sillita. El hermano mayor dando golpes con el tenedor a la mesa, aparentemente para llamar la atención de la madre. La madre, a su vez, entretenida dirigiéndose a otra mujer a su lado, gesticulando con la boca abierta, dejando entrever algunos trozos de comida a medio masticar.
La película muda puede ser interpretada como una escaramuza alrededor de algunas mesas entre personas que compiten por algo, ¿quizá la comida? La impresión ingenua es que presenciamos una lucha. Pero nosotros, los investigadores, ya sabemos por qué compiten: lo hacen por conseguir su cuota de espacio sonoro. De la misma forma que lo haría alguien que se está peleando con otro: con un despliegue de la química neurofisiológica propia de las situaciones de tensión.
Esta reacción se manifiesta con una aceleración cardiaca, la respiración rápida, un incremento de la presión arterial, y una intensa contracción muscular, preparación corporal para defenderse del peligro. En definitiva, con una poderosa descarga de adrenalina.


Cuando el sonido se transforma en ruido.
La resistencia al ruido es una cualidad subjetiva. También lo es la cualidad de agradable o desagradable que le concedemos. La música electrónica a nivel de discoteca puede ser sumamente estimulante para unos y desesperante para otros. Observamos actualmente un efecto de tolerancia al ruido que los niños y los adolescentes están desarrollando, gracias al uso de radiocasetes con auriculares. Se sabe que tendrán una pérdida de audición más precoz que lo habitual.
La definición de ruido, por tanto, ha de considerarse desde puntos de vista diversos: el médico, el psicológico, el físico... Pero la definición más casera y más consensual es que se trata de un sonido considerado desagradable. Para los médicos, se empieza a definir como ruido el sonido que provoca consecuencias negativas para la salud: la hipertensión y la sordera.
Pero los psicólogos y los sociólogos sabemos que además de los decibelios, convergen otras variables que acompañan el ruido y que afectan muy gravemente el bienestar psicológico y la convivencia.
Si por salud mental entendemos la sensación subjetiva de bienestar, entre otros activos, está claro que no necesitamos un diagnóstico mayor para sentirnos mentalmente desequilibrados. Quién más quien menos ha protagonizado o percibido exabruptos hostiles (directos o indirectos) con los vecinos en alguna ocasión. Y es que el ruido provoca una sensación de indefensión e impotencia peor que la suciedad que encontramos en las calles. El ruido no deseado penetra en nuestros oídos de la misma manera que el humo de los cigarrillos de los demás se introduce en nuestros pulmones.


Contaminación acústica: España, el segundo país del mundo.
No sé si es motivo de orgullo o vergüenza, todo depende de cómo se considere el ruido. Pero nuestro país es el segundo país más ruidoso del mundo, después de Japón. Se considera que 9 millones de españoles soportan un nivel medio de decibelios de 65.
Si se considera el nivel de ruido como una muestra de actividad, alegría y dinamismo en una sociedad, lo cual corresponde al pensamiento de algunas personas, podemos estar satisfechos, pero si consideramos el nivel de ruido como muestra de contaminación acústica, objeto de observación y control como lo es la limpieza del aire que respiramos, tenemos mucho trabajo por delante. También España sostiene el record europeo como país más ruidoso.


Los estragos psicológicos del ruido.
Los efectos sobre el estado de las personas en el ámbito psicológico se traducen en irritabilidad, ansiedad, trastornos del sueño, dificultad de concentración y rendimiento e incluso depresión.
Si, como decíamos al principio, cuando elevamos la voz, estamos utilizando la misma química encargada de poner en movimiento el sistema de alarma, lucha y defensa, como son la adrenalina y las catecolaminas, la reacción del otro se contagia de la misma tensión como mecanismo reflejo. Estos efectos son similares a los que se producen en situaciones de miedo y tensión. Así vemos que en lugares donde se produce mucho ruido, las personas con frecuencia se encuentran ansiosas y aceleradas. La percepción forzosa de niveles excesivos de ruido provoca a menudo problemas de hostilidad entre vecinos. Del ruido a la agresividad solo hay un peldaño.
Para agravar las cosas, muchas veces los habitantes de sectores bulliciosos deciden, como defensa ante los sonidos externos no deseados, subir el volumen de su televisión y del aparato de música. Es decir, si no puedes vencer al enemigo, únete a él.
Por otro lado, en bares y restaurantes, en lugar de acercarnos a la persona con quién queremos hablar, solemos hablar más alto que el sonido ambiental, aunque estemos muy cerca de la persona. Esto origina un efecto amplificador que se podría prevenir con un poco de conciencia del problema.


La responsabilidad acústica.
Se ha observado que las medidas preventivas como la educación medioambiental son más prácticas, baratas y útiles que las dirigidas a la corrección de las infraestructuras urbanas.
Crear personas con un sentido de responsabilidad acústica podría cambiar la calidad de vida de todos nosotros.

Repercusiones del ruido excesivo.
En la fisiología:
1. Hipertensión arterial.
2. Pérdida progresiva de la audición.
3. Cambios en la movilidad gástrica (formación de úlceras)
4. Riesgo cardiovascular.
En el bienestar psicológico:
1. Interferencia en el rendimiento y la concentración.
2. Producción de errores en las tareas.
3. Dificultad de aprendizaje en niños.
4. Ansiedad.
5. Irritabilidad.
6. Agresividad.
7. Dificultad para dormir.
8. Disfunciones sexuales.
9. Depresión.
En la esfera social:
1. Dificultades de comunicación.
2. Descenso del nivel de tolerancia.
3. Deterioro de la convivencia en grupos.

 

 

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