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Mentiras y tecnología

Isabel Larraburu

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Los infieles están saboreando un placentero  encuentro en total complicidad. La morbosidad de lo prohibido y la pasión recién estrenada contribuyen en gran medida a su momentáneo estado de éxtasis. Inesperadamente suena un móvil: se trata de la esposa del infiel que se asoma sin invitación previa al discreto entorno, cobijo de la cita furtiva.

Ella: “¿Dónde estás? ¿Cuánto tardarás en venir a casa? Los invitados ya han llegado.”

El infiel: “Una paciente se ha puesto de parto y tendré que quedarme en la consulta. Después tendré que ir a la clínica para hacer el ingreso. Cenad sin mí y discúlpame con los amigos”.

El prestigioso obstetra está estrenando un nuevo aparato: un móvil sofisticadísimo de última tecnología, comprado en su último viaje a los Estados Unidos y provisto de todos los equipamientos necesarios e innecesarios, todo acorde con su estatus de médico exitoso.

Pero, para su desgracia, sus conocimientos tecnológicos no están a la altura de los requerimientos de su nuevo móvil. Su problema es que no domina el pulgar, destreza en la que hasta su hijo de doce años le aventaja. Así que continúa la actividad interrumpida, o quizá mejor dicho interrupta, con su compañera, descuidando inadvertidamente la desconexión del aparato. El resultado del incidente fue la comparecencia involuntaria de su señora legal al intercambio clandestino. La historia no es nueva, las mentiras tampoco, ni mucho menos las infidelidades. Pero lo que sí es nuevo es la interferencia de la tecnología en nuestros comportamientos. A veces cómplice y otras obstaculizadora.

Recursos de alta tecnología para ocultar la verdad.


Los móviles y los ordenadores están programados por defecto para ser honestos. De ahí los chascos provocados por estas máquinas y aparatos que aún no se han contagiado de nuestros defectillos. No es de extrañar que móviles y ordenadores no tengan inteligencia emocional ni sepan decir mentiras piadosas. Hasta ahí no ha llegado la inteligencia artificial.
Si bien es ampliamente conocida la función de las palabras para ocultar la verdad, sólo ahora se han incorporado los medios tecnológicos para cumplir esta finalidad. Se están desarrollando recientemente programas y funciones de software tanto para colaborar con los mentirosos como para atraparlos. Las máquinas son fabricadas por nuestras mentes y no tienen autonomía propia, a pesar de lo que sugieren algunas películas de ciencia ficción. Y como todos sabemos, los hijos suelen heredar algunas características de los padres, a pesar de sí mismos.

Tranquilo, le ayudaremos a mentir.

“¿Alguna vez se ha dormido por la mañana y ha tenido que llamar al jefe para decirle que llegaba tarde por culpa del tráfico? Sin duda su voz de sueño y la paz de su hogar le restarían credibilidad y respeto. En este caso, seleccione el sonido de fondo número 3, llamado “Atasco”. Verá que al sonido de su voz se le superpondrán bocinazos, sirenas y ruido de autobuses.”
Así reza la publicidad de una compañía norteamericana (Simeda) que ofrece un producto (Sounder Cover) que incorpora funciones para que los teléfonos celulares ayuden a sus usuarios a ocultar su paradero sin despertar sospechas. Hasta ahora la comunicación mediante programas de mensajería instantánea en el ordenador era la que más favorecía el anonimato y el ocultamiento de la identidad. Estos programas admitían que el usuario pasara parte de su vida en un mundo imaginado, con una identidad falsa, e inmerso en situaciones propias de un mundo de fantasía.
Otra empresa llamada Kargo (www.kargo.com) cuyo director es Harry Kargman, está preparada para comercializar sonidos instalables en el móvil en los que se puede simular una desagradable tos perruna para sugerir que se sufre un fuerte catarro. También ofrece los sonidos provenientes de la consulta de un dentista y en el caso de que se desee abreviar la verborrea de alguien, existe la opción de accionar un insistente timbre telefónico para simular que está sonando el otro teléfono. Todos los sonidos pueden programarse para ser asignados a distintos interlocutores, si se desea.

Protección para mentirosos y víctimas.

Al introducir teléfonos móviles con cámara incorporada, un sector empresarial creyó que la empresa no iba a tener el éxito previsto, ya que estos iban a hacer más difícil mentir sobre el paradero. No se había tenido en cuenta en su justa medida la gran cantidad de personas que utilizan el móvil para ocultar la verdad. Hasta hubo iniciativas para incorporar la función de añadir una imagen falsa detrás del sujeto, por ejemplo, la imagen del despacho propio.
Expertos en tecnología como Douglas Rushkoff afirman, en un debate sobre si la tecnología puede conducir a la mentira y sus implicaciones éticas, que ésta no fabrica a los mentirosos, así como las armas no matan sino que las que matan son las personas.
No obstante, con la gran disponibilidad que se nos ofrece de escondernos detrás de los aparatos podemos fácilmente ceder a la tentación de resguardar un espacio donde el engaño puede pasar más inadvertido y mantenerse impune. La tecnología nos brinda un “muro de seguridad” que no es posible en las relaciones cara a cara.
Pero la otra parte de la humanidad que suele ser víctima de las mentiras también puede acceder a sus propios recursos técnicos. Existen programas para detectar la mentira, entre los cuáles se encuentran aquellos que se especializan en atrapar a los infieles cibernéticos ( www.catchcheat.com).
Evidentemente, la credibilidad es una cualidad dicotómica, de todo o nada. Blanco o negro, sin tonos de grises. No se puede ser un poco creíble o un poco menos creíble. Se es creíble o no se es. Aquél que no inspira credibilidad no lo hará en persona ni en el móvil ni en el ordenador. Y los recursos puramente humanos para detectarlos ya existían en la era pretecnológica.

 

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