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Urbanitas Anónimos

Isabel Larraburu

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Magazine La Vanguardia

Mi amiga, la urbanita, cuenta que enrojeció de vergüenza aquél día en el hipermercado cuando en el fragor de su doble jornada se abalanzó a golpe de codo al congelador de las carnes para atrapar las pechugas de la cena y recibió el puñal de la mirada del viejecito agredido que le increpó: "Hay poco sitio en este lugar, ¿no?"

Para el antropólogo Manuel Delgado, lo urbano se define como " la manera plural de organizarse una comunidad de desconocidos que comparten los espacios públicos". ¿ Qué es lo que nos hace cambiar nuestras conductas, nuestros modales y hasta nuestros principios cuando nos sabemos parte de una masa anónima que nos convierte en impunes? ¿ Qué nos impulsa a actuar de forma tan distinta cuando tenemos que convivir con aquellos a los que no reconocemos y que comparten con nosotros esos espacios en los que podemos ignorarlos y ser ignorados?


Los pecados del urbanita asilvestrado


La mirada esquiva.

Todo empieza al salir de casa. El urbanita sufre la primera transformación y deja de ser la persona que su familia cree conocer y se refugia en la mirada esquiva, hacia ninguna parte. Esa mirada no se fija nunca más de lo imprescindible. Coge el coche, y en la cola de los vehículos bocina como niño malcriado al taxista que hace bajar a la señora impedida tres coches más adelante. ¿ Acaso osaría gritarle a la cara a la señora, mirándole a los ojos, " a ver si espabila, señora?"

La carrera hacia ningún lugar.

Caminando por la calle mira las cosas, pero nunca a los ojos de los demás. Avanza a empujones y llega a odiar al que pasea cansino y hedonista delante de él por la concurrida calle, impidiéndole seguir su airoso ritmo. Como buen urbanita anónimo, piensa que el paseante es simplemente un obstáculo en su camino, y si tiene un día muy malo, puede pensar que es un pueblerino y lo hace adrede. La prisa, objetiva o subjetiva, real o imaginaria, le impulsa a adelantar a los demás para no quedarse atrás. Su andar apresurado, con una ligera inclinación de la cabeza hacia delante, como si su intención aventajara sus movimientos, le hace parecer un patético robotito a cuerda, aunque él piensa que es un signo social de ser una persona ocupada, elemento imprescindible en la sociedad, sin el privilegio que tienen otros de perder el tiempo.

Mi tiempo vale mucho.

Cualquier preámbulo en la conversación es una pérdida lamentable de tiempo. El urbanita apremiado va al grano y pide lo que necesita. Se salta el "buenos días" preliminar y pregunta : "¿ tiene cerillas?" No hay tiempo para la conversación trivial, sin contenido útil. No va a dar "puntadas sin hilo", tiene que "optimizar" el tiempo. Si queda con alguien, es siempre una cita a tres, él , el amigo y el móvil, siempre activo. Tiene pensado de antemano cuánto tiempo le va a dedicar y hasta qué punto va a profundizar en la conversación. Las palabras se le agolpan en la boca, es una metralleta parlante. No pregunta al otro demasiado cómo le va la vida, no vaya a ser que conteste....

Yo primero.

Ante la inmensa cola para comprar, tiene que darse prisa para impedir que se ponga todo el mundo delante. Empuja el carrito de modo temerario, apresurando a los lentos a base de un sutil toque en el talón ( para que aprenda a andar más rápido y no ponerse en el camino). Obvia voluntariamente ceder el paso, legitimando para sus adentros el "yo primero" ( la verdad es que no creo que esa tía tenga la prisa que yo tengo ni deba hacer todo lo que yo debo hacer hoy, seguro que se va a casa a ver el culebrón). Mete el coche en el primer hueco que encuentra aunque hay alguien esperando, pero el urbanita urgido lo tenía más cerca. El otro le insulta, pero él cierra el coche y se esfuma haciéndose el loco : "así es la selva , my dear... la próxima vez agudiza tus reflejos".

El refugio del anonimato.

No es un secreto que no somos los mismos cuando sabemos que no nos ven. Un trabajo experimental en psicología social reveló que en una situación de laboratorio donde unos voluntarios tenían que dar descargas eléctricas progresivamente más intensas a otros voluntarios en dos habitaciones distintas, fue sorprendente ver el grado de crueldad que mostraban los voluntarios que propinaban el choque. Las descargas eléctricas eran falsas, pero los voluntarios activos no lo sabían.

 

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    Revista WEB

    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.

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    Nuestra vida está plagada de situaciones en las que se nos pasaron por alto detalles tan obvios que nos tuvimos que cuestionar para nuestros adentros si somos un poco lerdos o simplemente son los primeros síntomas de una enfermedad deteriorante. En otras ocasiones nos ocurre aquello tan típico de  solo fijarnos en cosas que casualmente nos ocupan la mente o nos preocupan.