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Los hombres no lloran

Isabel Larraburu

Los hombres no lloran PDF Print E-mail
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El macho.

Érase una vez un hombre que se sentía muy hombre. Para él, la cualidad de ser muy hombre no era algo que tuviera que desarrollarse. Le salía natural y no le deparaba contradicciones ni mala conciencia.

Estaba programado desde antes de nacer. Sabía bien que ser un hombre era ser fuerte, protector y proveedor, con habilidad para ganarse la vida, para mandar, para pensar, para decidir.

Con ciertas obligaciones, eso sí, como no dejarse vencer por las contrariedades, no llorar ante los demás, no hablar de problemas íntimos, no expresar sus sentimientos. Al mismo tiempo disfrutaba del privilegio de no tener que usar desodorante, ni lavarse los dientes, de poder mostrar sin rubor su hirsutismo en la espalda peluda, de ser feo y ser gordo, porque “el hombre, como el oso, cuánto más feo más hermoso”. Tampoco tenía que recoger su ropa sucia, ni ordenar la casa en la que vivía. Podía asimismo mostrar sus “arranques” mientras los que estaban a su lado trataban de no “provocarlo” para que no se enfadara. Cuando golpeaba la mesa con autoridad, su ascendencia se incrementaba y le reverenciaban aún más. Su sexualidad era sólo suya. La idea era que pudiera satisfacerla y que su mujer estuviera siempre dispuesta a tenerlo contento si no quería que se buscara a otra. Hasta aquí nada nuevo.

Los hombres sí lloran. El metrosexual.

Pero dos generaciones más tarde, apareció el nuevo hombre. El metrosexual. Tal nombre se originó para denominar a aquél hombre que tenía que adaptarse a la nueva mujer que ya hacía cierto tiempo que pululaba por la sociedad, observando y sufriendo la decadencia del “paleohombre”. El hombre antiguo.
El término metrosexual proviene de la ocurrencia del periodista británico Mark Simpson que lo utilizó por primera vez en un artículo publicado en 1994 en el diario “The Independent”. El título del artículo era: “Aquí llega el hombre del espejo”, al que se define como “Un ‘dandy’ narcisista enamorado no sólo de sí mismo, sino también del estilo de vida urbano; un hombre heterosexual que está en contacto con su lado femenino”. El metrosexual necesita estar en contacto con la metrópolis (de ahí viene la raíz de la palabra), ya que en ella están las mejores tiendas, peluquerías, gimnasios y clubes. El jugador de fútbol Beckham es considerado el prototipo del metrosexual.
La nueva mujer ya había surgido con el reforzamiento de los movimientos feministas en los años setenta. Ella no se avergonzaba de ser fuerte, de decidir, de mostrar su lado masculino, de triunfar por sí misma, sin tener que estar detrás de un hombre. Sabía lo que quería. Quería a un hombre pero no a cualquier hombre.
Pero la mujer post feminista, su hija, no está exenta de contradicciones. Aún padece los vestigios de su programación cultural que la martillea sobre lo que significa ser una mujer de verdad y un hombre de verdad. Su confusión en los conceptos la llevó a superar las incoherencias con el deseo de tenerlo todo. No hay que olvidar que ella tiene ahora la facultad de exigir y decidir. Pero su fantasía es muy difícil de complacer para cualquier hombre: desea que él tenga lo mejor de su abuelo, el paleohombre y lo mejor del hombre nuevo, el metrosexual.
De ahí surgen las ansiedades masculinas. El nuevo hombre no puede ofrecer todo lo que se le exige. Y entró en crisis. ¿Y cómo se reveló su crisis? Evidentemente en su órgano más sensible. El metrosexual se hizo psicológicamente impotente. Es decir: no podía tener erecciones siempre que quería.

Neofeministas con pintalabios.

Así como el hombre prosigue la tarea de redefinir la masculinidad, las nuevas feministas han tenido que afirmar el concepto de lo femenino y hacer evolucionar el feminismo incorporando esta vez al hombre.
La cualidad de ser mujer fue injustamente desdibujada durante los años 70. Ser femenina, preocuparse por la imagen, vestirse a la moda, poner énfasis en sus atributos femeninos, mostrarse sexy, fueron conductas consideradas producto de la opresión masculina por parte de feministas radicales. Las viejas feministas no tuvieron la previsión de contemplar las nuevas sexualidades, la diversidad de preferencias ni una opción que no considerara al hombre su enemigo y opresor. La mujer encontró muchas disyuntivas: profesión/hogar, feminismo/pareja.
La neofeminista no está dispuesta a poner por delante sus compromisos ideológicos a nivel político y social a expensas de su relación con los hombres. De ahí que muchas mujeres de hoy nieguen ser feministas. Están intentando articular su deseo de ser femenina y protectora, conjugándolo con sus expectativas de disfrutar de una profesión gratificante y su derecho al respeto en la sociedad.
Una periodista catalana de 29 años afirma: “Yo fui de aquellas que, antes de descubrir que había hombres en el mundo, ya sabía que ‘nunca tenía de depender de ellos’, y que ‘yo era quién decidía, siempre’. Así me educaron, creyendo que el sexo masculino podría acabar con mi libertad si no iba con cuidado. Creo que el mundo no se ordena por sexos. Los jóvenes de ambos sexos hemos aprendido a luchar por las mismas condiciones, no a luchar los unos contra los otros. La vida de las jóvenes trabajadoras es suficientemente dura como para mantener el discurso de la lucha de sexos, que ha sido sustituida por otras guerras: la precariedad laboral o la conciliación familiar y laboral.”

Las nuevas contradicciones. En la serie “Sexo en Nueva York”, representativa de las mujeres de finales de los años noventa, se presentan a cuatro mujeres con sus propias características y valores, y, sin embargo, amigas. Si uniéramos los rasgos de estas cuatro amigas, podríamos dar con la feminista del pintalabios: con su independencia resuelta, pero al mismo tiempo sexual y seductora.
Pero la mujer de la tercera ola, la neofeminista, no está exenta de contradicciones. Nació en una sociedad donde se dan por sentadas muchas conquistas del feminismo pero no quiere prescindir de una buena relación con el hombre. Sus contradicciones provienen de no tener claras las definiciones sobre lo que significa ser hombre y ser mujer. Su confusión en los conceptos la lleva a vivir con incoherencias que se pueden manifestar en la esfera de sus relaciones con el hombre. No es extraño que supere sus contradicciones con una fantasía muy difícil de complacer para cualquier hombre: desea que él tenga lo mejor de su abuelo, el paleohombre, y lo mejor del hombre nuevo, el metrosexual.
Es un reto para hombres y mujeres lograr una evolución conjunta en sus relaciones en un marco más igualitario prescindiendo de esquemas estereotipados que están actuando como lastre. La tarea pendiente no es solamente de la mujer, sino que habría que lograrse al lado del hombre para que ambos sincronicen sus esfuerzos en la misma dirección.

Nuevas tendencias.

Situándonos ya de lleno en nuestro medio, observamos que la situación política y social del tardo franquismo obstaculizó y retrasó la incorporación a nuestra sociedad de la liberación sexual inspirada en los movimientos feministas foráneos. Estos movimientos, que corresponderían a  la segunda ola del feminismo, la de los años 70, con el radicalismo que llevaban, no se introdujeron abiertamente en las mentes de las mujeres españolas de la época, especialmente en las mujeres de ámbito no universitario. No hay que olvidar la influencia pertinaz de la iglesia católica en la ética y valores de entonces.
De ahí que se mantuvieran en la generación posterior grandes confusiones y ambigüedades respecto al sexo.
Por un lado, el sexo se llevó a los medios de comunicación y se trató sin sutilezas ni ambages; por otro lado, seguía existiendo una gran desinformación. Las mujeres de 28-35 años actualmente viven aún una ética sexual conservadora y  en parte inhibida, partidaria de las uniones duraderas, de la vinculación del sexo a los sentimientos, donde se da una subordinación de las aspiraciones individuales a causas colectivas: los derechos sociales, las identidades comunitarias y las dependencias emocionales.
No obstante, es un sentir general entre las mujeres de entre 28 y 35 años, lo cual viene corroborado por las encuestas sobre la España actual, que las mujeres y hombres más jóvenes, los de 15-25 años encaran la sexualidad de un modo claramente distinto, más libre, más experimental, más hedonista y menos reflexivo.
Parece ser que en la generación de los 15-25 años se han abrazado valores de individualismo social, con una ética sexual experimentalista, pluralista, donde hay cabida para relaciones fugaces y románticas, experiencias cohabitacionales de todo tipo, iniciaciones sexuales precoces y contactos con muchas parejas. Las encuestas constatan una acentuada heterogamia (varias parejas sexuales) en la generación más joven y una bajada ostensible de la edad de iniciación a la actividad sexual. Además, la lógica hedonista del placer sexual ante todo, conduce a que rechacen el uso del preservativo y realicen prácticas de riesgo.
Parece ser que las mujeres y hombres jóvenes sí que están protagonizando finalmente un cambio social en relación a la sexualidad. Se está apreciando una subordinación de las causas colectivas a las aspiraciones individuales: realización personal, derechos privados e iniciativas individuales ante todo lo demás.
Es una generación cuyo derecho a la libertad individual se da por consabido y garantizado, que sienten que ya han nacido con esos derechos, no han tenido que trabajárselos ya que el trabajo ya estaba hecho.
Hacia dónde va este cambio es difícil de prever, pero ya se puede vislumbrar que la valoración del sexo en las relaciones sí está cambiando finalmente en nuestro medio. El sexo es el sexo y el amor a lo mejor es algo más.

Nueva sexualidad masculina

El terapeuta sexual recientemente fallecido Bernie Zilbergeld escribió sobre la nueva sexualidad masculina en su libro “The New Male sexuality”, de obligada lectura. A su juicio, para que se consolide el hombre nuevo, la mujer tendrá que cuestionar algunos viejos mitos sobre la sexualidad masculina.

LOS MITOS

  1. Los hombres son seres liberados que se sienten muy confiados en relación al sexo.
  2. A los hombres no les interesa hablar de la comunicación y los sentimientos.
  3. Ellos creen que todas las caricias deben conducir al sexo.
  4. Los hombres siempre están listos para el sexo.
  5. Ellos creen que el sexo se reduce al pene y lo que se hace con él.
  6. Es siempre responsabilidad del hombre que su compañera disfrute.
  7. El sexo de calidad siempre tiene que terminar en orgasmo.
  8. El hombre sabe conducirse y no tiene que aprender de su compañera.
  9. Ellos tienen que llevar la iniciativa.
  10. El intercambio sexual se termina cuando el hombre llega al orgasmo.

La mujer debería pensar.

  1. El hombre puede no tener ganas de hacer el amor.
  2. También puede tener “jaqueca” de vez en cuando.
  3. Le encanta que su compañera tome la iniciativa y saber que provoca deseo.
  4. Se excita con una mujer que tiene aspectos de personalidad masculinos.
  5. Le encanta que ella lo busque.
  6. Sus emociones también influyen en su disponibilidad para el sexo.
  7. La sexualidad no se ciñe a la pelvis.
  8. Se puede disfrutar con el sexo sin tener una erección.

Lo que debería evitar.

  1. Pensar que porque él no tome la iniciativa, esto significa que esté gorda o poco atractiva.
  2. Pensar que el hombre tiene que “buscarla” para tener relaciones.
  3. Esperar que su hombre no llore.
  4. Disimular su parte masculina por si “pierde atractivo.”
  5. Pensar que si su compañero muestra su parte débil, esto va a significar que no la puede cuidar y proteger y que ella tendrá que ser la “fuerte”.

 

Juana, 34 años.
“Veo en mi generación una cierta libertad sexual (libertad basada en una educación sexual silenciosa o neutra que ni lo reprime, ni lo fomenta), pero también creo que es una sexualidad poco trabajada, poco enseñada. Sabemos que el sexo es algo bueno pero no nos han enseñado a disfrutarlo, a vivirlo plenamente. Creo que las personas de la década posterior a la nuestra practican el sexo más libremente que nosotros pero también de forma menos reflexiva”.

Silvia, 28 años
“Las mujeres de 25-35 años son más selectivas y creo que por eso a veces se les hace difícil encontrar a la persona para compartir la vida. Hay muchas mujeres de entre 30 y 35 años que están solteras. No creo que lo hayan elegido por voluntad propia sino que, tal como dice García Márquez en su último libro, “cuando no hay amor, el sexo es lo único que nos queda”. Pero las personas por naturaleza lo que quieren es compartir la vida con otro.
Ahora los más jóvenes lo hacen todo antes: fumar, beber y tener relaciones sexuales. Parece que el sexo, igual que las drogas, se haya transformado en un objetivo en sí mismo. A los 22 años dicen “he estado con un montón de tíos y he visto que todos son iguales” Quizá se hayan alimentado demasiado de sensaciones, pero éstas, como el placer, por muy intenso que sea, no dejan de ser efímeros.”

Marina, 26 años.
“Pienso que el concepto de pareja en sí, como pareja formada (sea casada o no),  NO es muy distinto ahora del de antes... Todos queremos lo mismo de nuestras parejas (amor, confianza, fidelidad, compromiso, respeto, comunicación...y todos los pilares que son los básicos para que una relación funcione). La sexualidad, concretamente, pienso que también sigue siendo la misma: tienes tu pareja y con ella es con la que tienes que compartir tu intimidad sexual. La diferencia fundamental es la sociedad, o más que la sociedad es lo permisiva que se ha vuelto la sociedad.
Gracias a la incorporación de la mujer al mundo laboral, YA NO DEPENDO DE TI, así que si no estamos bien hasta luego y que te vaya bien....
La sexualidad en pareja no ha cambiado, tu pareja es tu pareja y punto y como te vayas con el/la vecina "hasta luego y feliz vida.” Pienso que siempre ha sido así. AHORA TODOS PODEMOS HACER LO QUE QUERAMOS. Y lo hacemos, así que no nos podemos quejar si nuestros hijos son esto o aquello...son lo que ven.”

Jaime, 20 años.
“El sexo para el joven de ahora ya no es ninguna incógnita debido a la variedad de información que puedes obtener a través de Internet, vídeos, televisión, libros… Creemos que todo lo que nos ha impactado de los actores porno lo podemos realizar también en nuestra práctica., aunque a veces no sea como pensábamos.
En cuanto a la pareja, mientras sea una chica que tenga algo en especial o te dé morbo y también te dé seguridad, se puede practicar el sexo.
Participaría en una orgía, pero sin mantener contactos con alguien del mismo sexo.
Creo que uno no se puede negar a estar con más de una persona a lo largo de la vida porque con la práctica y la variedad se aprende. Si no aprovechara ahora, y lo hiciera más tarde cuando estuviera comprometido, podría destrozar una relación.
Nosotros hablamos de sexo con total libertad entre amigos, familiares… y somos nosotros los que renovamos a nuestros padres.
El sexo es como las drogas, se descubre para conocerlo por ti mismo y al llevarlo a la práctica conoces el producto.”


 

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