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Camino del desamor. Magazine. La Vanguardia.

Isabel Larraburu

Camino del desamor. Magazine. La Vanguardia. PDF Print E-mail
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Que los tiempos han cambiado y que no hay amor para la eternidad lo sabemos ya casi todos. Sabemos igualmente que la duración de la convivencia de una pareja no es necesariamente equivalente a la duración de su amor. Muchas veces el amor ha muerto y la pareja sigue arrastrando su cadáver. Pero eso pasa cada vez menos. Ahora, muchos vivimos en nuestra vida personal una sucesión de ilusiones amorosas que se frustran tarde o temprano. Observamos asimismo como espectadores el amanecer y el ocaso de las parejas de nuestros amigos, parientes, padres… en repetidas ocasiones.

Nunca se agotan las disquisiciones sobre el amor y sus volteretas. Todos teorizamos y especulamos con la autoridad que nos otorga la experiencia sin que jamás lleguemos a conclusión alguna.
Los psicólogos en nuestras consultas damos consuelo más que nunca a los damnificados del desamor: rechazados, abandonados, traicionados, olvidados, engañados...y también, como no, a aquellos que abandonan, traicionan, olvidan, engañan y rechazan, porque ellos tampoco pueden, a fuer de ser sinceros, considerarse realmente los triunfadores. El sentimiento de fracaso en los proyectos amorosos salpica implacablemente a los dos componentes de la pareja que se deshace. Todos pierden en cierta medida, todos soñaron algún día con un amor que crecería o que por lo menos se mantendría. Tienen que admitir, al final, que no pudieron con la empresa, aunque se inventen su propia historia para hacerla más digerible. La conclusión final presenta más preguntas que respuestas: “¿es posible el amor en pareja?”, “¿cómo hacer que esta nueva pareja sea mejor que la anterior?” “¿cómo lograr que la nueva pareja funcione?” “¿cómo evitar cometer los mismos errores?”. Los psicólogos no tenemos la respuesta. Solo nos acercamos tentativamente al fenómeno para tratar de entender las obras del amor y del desamor.
Si supiéramos con mayor exactitud cuándo empieza el declive en una relación, si tuviéramos un amorímetro de alta tecnología que nos advirtiera cuando una relación comienza a deteriorarse, ¿nos iría mejor, quizá? A lo mejor no lo reconoceríamos y lanzaríamos el amorímetro por la ventana. Así somos los humanos.
Los cambios de pareja se hacen cada vez con más frecuencia. La realidad social de nuestro entorno nos muestra que los procedimientos ensayo/error son los más utilizados. Si a esto añadimos que los compromisos son cada vez más endebles a causa del temor a equivocarse, no es extraño que lleguemos a ser expertos en construcción y derribo de proyectos amorosos. Pero no dramaticemos, la publicidad en la televisión nos dice que no hay más que ir a una popular tienda de muebles y “redecorar la vida”.

Intentar explicarse el fracaso.

Cuando una relación inicia su decadencia, es habitual que se elaboren teorías que den sentido a los conflictos. Muchas veces ninguno de los dos comprende bien qué es lo que se hizo mal. Pareciera que la dinámica de la relación tomara vida propia, sin que las partes puedan impedir su inexorable pendiente. Es en esos momentos que se suelen confeccionar las versiones particulares sobre lo que sucedió. Es posible que la persona necesite una panorámica autocomplaciente para superar la ruptura y seguir adelante, apuntando al otro como responsable.
Las versiones sobre “lo que sucedió” suelen ser excesivamente simplistas, pero ayudan a conseguir poner un punto final y poder mirar hacia adelante. El error que se comete en esa situación se denomina “error fundamental de atribución” en términos psicológicos. Consiste en la tendencia a considerar el comportamiento propio como situacional
(dependiente de los acontecimientos del entorno), y el comportamiento ajeno como disposicional (dependiente de la forma de ser). En concreto, cuando hacemos algo negativo para los demás o incluso para nosotros mismos, nos justificamos diciendo que nos hemos visto presionados por algo externo, que no había otra alternativa, o que la situación nos ha obligado a tomar una decisión precipitada. En cambio, al juzgar los actos del otro pensamos que están motivados por su manera de ser.
Cuánto mejor se comprenda la relación que se rompió, mejor se entenderá la persona a sí misma y la forma cómo se relaciona emocionalmente con los demás. Si no se llega a entender bien una ruptura, es posible incurrir en los mismos errores en futuras relaciones. Por eso sería de lo más recomendable ser muy ecuánime y preciso en la comprensión de la relación para poder aprender de ella. Es la mejor manera de dar por concluida la historia.

Despiece

Los indicios del declive

El psicólogo John Gottman, profesor de la Universidad de Washington y especialista en terapia de pareja, llevó a cabo un estudio cuyas conclusiones fueron publicadas en 1995 en la reunión de la American Psychological Society. A partir de los  relatos de 52 parejas sobre cómo se conocieron y convivieron se pudo predecir con un 94% de exactitud qué parejas tendrían éxito a largo plazo y cuáles se separarían. “En una pareja estable”, afirma, “ambos hablan de la relación de un modo positivo. Recuerdan cómo se conocieron y describen varios momentos de la convivencia. Suelen terminar las frases del otro y se observan muchas expresiones espontáneas de valoración mutua.”.
El autor destaca siete aspectos de los relatos que indican el mal estado de una pareja:

  1. Decepción y falta de ilusión del marido. Es el factor que mejor predice la ruptura de una pareja, según el estudio.
  2. No-valoración mutua. Las parejas no dicen cosas positivas uno del otro.
  3. Negatividad. La crítica hacia el otro está siempre presente en los relatos de su vida en común.
  4. Reticencia a hablar de la situación de la pareja.
  5. No utilización del “nosotros” en el relato, sino del “yo”.
  6. Énfasis en los problemas y obstáculos que han tenido que superar en su vida en común.
  7. No valoración de los logros conjuntos en situaciones adversas.

 

Crónica de la pendiente final.

Algunas parejas se deterioran progresivamente con el paso del tiempo. Van perdiendo  pasión luego la intimidad y finalmente el compromiso. La socióloga Diane Vaughan escribió un libro llamado “Uncoupling” dónde describe el proceso de desemparejarse paso por paso. Afirma que el final empieza con un secreto de uno de los dos.

  • En algún momento de la relación, uno de los dos se va sintiendo incómodo. Puede ser antes de formar la pareja o al cabo de unos años. Con esto da cuenta de que la quiebra del compromiso suele empezar unilateralmente y sin despertar sospechas ya que el insatisfecho no suele decir nada. Y no dice nada porque quiere estar completamente seguro de lo que le está pasando.
  • Seguidamente, va creando su mundo privado para reflexionar sobre lo que le pasa, pero no comparte su preocupación por lo que la intimidad y la comunicación con el otro se interrumpe. Este bloqueo de la intimidad es la que conduce progresivamente a la ruptura.
  • Al cortar la comunicación, retiene información que podría ser importante para la pareja. El secretismo le permite meditar, desarrollar planes y tomar una decisión sobre lo que debe hacer. El compañero, al no tener idea de esa insatisfacción no puede hacer nada para resolver la situación.
  • El insatisfecho, al cuál denomina el “iniciador” canaliza entonces su malestar hacia la pareja. Al no manifestar directamente y con precisión la fuente de su insatisfacción, no se realiza un encuentro entre ellos para definir el problema, sino que el iniciador expresa su malestar de forma sutil e indirecta de modo que el otro no acaba de enterarse del malestar del insatisfecho.
  • Vaughan señala que estos intentos sutiles tienen la finalidad de comunicar de una manera vaga la infelicidad al otro con la idea de salvar la relación. Pero no se consigue ese objetivo porque la pareja no se da cuenta de la magnitud real del descontento.
  • El iniciador empieza entonces a buscar fuentes de satisfacción alternativas (actividades fuera de casa, nuevos amigos o una aventura amorosa). La pareja puede ahora empezar a preguntarse qué está ocurriendo y por qué. Puede atribuir los cambios a la crisis de los cuarenta o al estrés del trabajo. Pero aún no reconoce que la verdadera causa de malestar es la propia relación.
  • El iniciador crea una vida social independiente, dedicándole una cantidad cada vez mayor de tiempo y de energía. Por descontado, la pareja está excluida de esa nueva vida.
  • Con la presencia de nuevos amigos o una relación, sea sexual o no, el iniciador disipa sus sentimientos de frustración ensanchando a la vez la brecha con su pareja.
  • Con el distanciamiento, se produce el fenómeno llamado del “ángel caído” y el insatisfecho focaliza ahora en los aspectos desfavorables del compañero. Vuelve a escribir la historia de la relación bajo una luz negativa describiéndose como víctima de ese hecho. Rescribe de este modo el relato del pasado para adaptarlo a su situación presente.
  • Su creciente frustración se va haciendo más evidente para todos y ahora intenta convencer al compañero de que todo va muy mal y de que no vale la pena esforzarse para arreglar nada. Expresa abiertamente su insatisfacción no sólo a la pareja, sino a los amigos íntimos. Selecciona preferentemente a los amigos que están dispuestos a apoyar sus intenciones.
  • El iniciador puede haber encontrado ya una “persona de transición” para ayudarle y estar a su lado en los momentos difíciles. Puede ser un amante o un amigo. A veces puede haber más de una persona, por ejemplo el psicoterapeuta y el amante. A estas alturas, cada miembro de la pareja busca su propio grupo de apoyo.
  • En este momento la pareja vive en el mismo techo, pero se ha distanciado sustancialmente. El iniciador asegura que ha hecho repetidos esfuerzos para advertir a la pareja, mientras que ésta solo es vagamente consciente del problema. Los dos explican la misma historia de modo diferente.
  • El iniciador, que sabe que quiere terminar la relación, manifiesta públicamente su insatisfacción, mientras el otro piensa que el problema está en el iniciador y no en la relación, Para eso, le pide que consulte a un profesional o que busque ayuda. Con la terapia, el iniciador se puede sentir apoyado y la situación se define en términos satisfactorios para él y no para la pareja.
  • Los enfrentamientos ahora son directos ya que el iniciador está más seguro y su problema es cómo llevar a la práctica la separación. Puede abrir una cuenta corriente secreta, o consultar a un abogado u ocultar su patrimonio a la pareja.
  • En este momento, el iniciador ya da por terminada la relación, mientras la pareja empieza a darse cuenta de que algo no marcha bien. Para no responsabilizarse de toda la carga del conflicto, el iniciador puede acusar a la pareja de un comportamiento “inaceptable”. Por su parte, la pareja pasa a desempeñar el papel de detective con el fin de averiguar lo que hay detrás del problema, buscando pruebas de la conducta del iniciador, posesiones personales o bien indagando a otras personas.
  • Para el iniciador, este ya es un punto de no retorno. Mientras la pareja intenta cambiar de actitud y mejorar las cosas, el insatisfecho ya elabora su plan de escape.
  • Al final, el equilibrio de poder en la relación se ha roto y el iniciador ostenta un poder mucho mayor que el de su pareja, ya que la continuidad o la ruptura del compromiso depende exclusivamente de él.
  • Aunque el sufrimiento de ambos puede ser equivalente, para el iniciador este se ha dilatado en el tiempo, mientras que para el rechazado todo es muy reciente y puede estar desesperado.
  • Ambos deben hacer nuevos amigos y conservar algunas de las viejas amistades de la pareja, con lo que  se puede desencadenar una competencia en la que cada uno intenta ganar adeptos. Así y todo, muchos amigos de la pareja se sienten incapaces de elegir y se pierden.
  • Por fin, el miembro rechazado tiene que redefinir la relación, descubrir las causas de las grietas que llevaron a la separación. Según la socióloga, redefinir la relación como negativa es importante para su bienestar y para dejarla atrás.
  • Por último, para que ocurra una reconciliación, la pareja no puede retornar a la situación anterior, sino que debería situarse en una transición hacia algo diferente.

 

 

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