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¿Esta es la vida que quieres?

Isabel Larraburu

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Magazine La Vanguardia

Con su bolsa de deporte colgada al hombro, el botellín de agua en una mano y el móvil en la otra, asoma agitada al encuentro con su amiga para tomar café. Ha sido un milagro encontrar el momento para verse, ya que por una cosa u otra y, sobre todo porque no existía un objetivo concreto, la cita se había aplazado durante meses. Con evidente apuro intenta mantener la atención en la charla. Pero su atención esquiva la traiciona y su mirada se posa en todo menos en los ojos de su amiga. Le advierte de antemano que no se le puede hacer tarde porque...y le relata la agenda del día. Mientras tratan de hilar un tema, el móvil suena en sus diversas modalidades. Sostiene que está harta de él, que no para de sonar. No obstante, ni lo apaga ni se pierde ningún sonido que de él provenga. La conversación versa sobre temas profesionales; la vida personal no cuenta, no es el momento. Ella es un modelo de robotito de última generación. Ansía ser una “ganadora” y, seguramente lo será en lo que para ella significa ganar. Su vida social se nutre de algunos amigos internautas que chatean regularmente hacia las diez de la noche. Una vez relatada su última relación sentimental en la esfera de lo virtual, se despide de su amiga sin olvidar repetir el orden del día y se dirige hacia la moto.


La sociedad de la abundancia está fabricando seres entrenados para vivir bajo sus condiciones y para mantenerlas tal y como están.

Lo quiero todo y ya.

Un perfil de amplia presencia en nuestro contexto es el del inmaduro emocional. Podemos reconocer sus rasgos en muchos jóvenes prometedores y valorados en nuestra realidad social.

Impaciencia, impulsividad, ambición, competitividad, intolerancia a las frustraciones son características acompañantes del concepto de merecimiento que caracteriza a estas personas. Merezco “ser feliz”,”ser amado”, “lograr mis objetivos”… y además, en una fecha concreta. Rasgos distintivos de la etapa egocéntrica en el desarrollo infantil, están fuera de lugar en una persona adulta, e indican una inmadurez emocional que probablemente es una secuela de una educación sobreprotectora, complaciente y con límites desdibujados. Personajes magnetizados por la obtención de sus deseos y que anteponen objetivos a procesos. La meta es lo único importante, el futuro prevalece sobre el ahora. Confunden sus deseos con necesidades.

Este patrón de pensamiento y conducta ha generado niños grandes, vestidos con traje y corbata o su equivalente femenino. Su escasa tolerancia a la frustración les hace soportar con mucha dificultad la demora en la satisfacción de sus apetencias. Se tornan impacientes y enrabietados si no logran lo que pretenden, cayendo con facilidad en depresiones o evadiéndose en conductas adictivas o compulsiones.

Sería deseable que se utilizara el potencial de reflexión como intermediario entre los anhelos y las limitaciones que deparan la realidad, las costumbres, los deseos de los demás, las prohibiciones y las leyes con el fin de aprender a aguardar la gratificación.

Lo quiero todo y ya.

- Sentirse merecedor.

- Dificultad para superar las dificultades.

- Necesidad de gratificación inmediata.

- Impaciencia.

- Objetivos antes que procesos.

- Convertir deseos en necesidades.

- Deficiente sentido de las limitaciones de la realidad.

Nuestras relaciones: síntesis y virtualidad.

También las relaciones con nuestros semejantes han ido cambiando en consonancia con lo que nos exige este tipo de vida. Están fuertemente marcadas por la síntesis y la virtualidad. Virtualidad, según la definición del Diccionario de la Lengua Española, significa lo que es opuesto a lo efectivo y real. Que tiene existencia aparente, que sirve para producir un efecto. La síntesis, como consecuencia del apremio que nos exige el tiempo, también contamina palpablemente nuestras relaciones.

Como corolario, nuestra interacción con el otro es una “cata” de la realidad presente. Leemos “en diagonal”, escuchamos sin oír y miramos sin ver.

Interponemos la tecnología entre nosotros: chats, correo electrónico, fax, móvil, mensajes SMS y demás, en parte para encubrirnos, en parte para ahorrar tiempo e inversión en los contactos. La timidez y la cortedad de palabra se solventan con el correo electrónico, la fantasía se despliega sin pudor en los chats y el mensaje por móvil acota la charla y permite un mejor aprovechamiento del tiempo.

El tiempo también preside como soberano nuestra vida. Hemos olvidado que el tiempo lo hemos creado nosotros mismos cuando inventamos su medida. Sin embargo ahora lo veneramos, vendemos, compramos y ahorramos. En el momento que incorporamos el factor temporal en nuestras relaciones, estas se transformaron en transacciones, contactos y entrevistas. Dejaron de ser gratuitas ya que ponderamos lo que ganamos y perdemos en una interacción. Hemos ido perdiendo el “hablar por hablar”, la charla informal.

Síntesis y virtualidad

- Relaciones virtuales, con existencia puramente aparente, opuestas a lo efectivo y real.

- Uso de la tecnología en las relaciones para optimizar el tiempo o superar inhibiciones.

- Incorporación del factor tiempo en las relaciones personales.

- Falta de atención a la realidad presente. Dispersión del interés.

- Instrumentalización de las conversaciones.

La inflación del yo

La creación de divisiones y fragmentos en nuestra sociedad, propiciada por el individualismo que ha dominado en las últimas décadas, ha fomentado el conflicto y la violencia. En el ámbito de la persona, el ego se ha ensalzado hasta límites insostenibles e incluso patéticos.

En lo cotidiano, el yo personal es el responsable del conflicto entre vecinos, opiniones, ideologías, ciudades, equipos de fútbol… Todo lo que consideramos nuestro es la reverberación de nuestro yo. Nuestro yo ampliado. Cuántas más divisiones creemos a partir de nuestro yo, más potencial de conflicto.

Detrás de la defensa del yo y de lo nuestro se encuentran agazapados el miedo y la inseguridad, y con ellos, la violencia, a veces preventiva… Hemos creído que tener un yo fuerte y combativo iba a traernos la felicidad y la realización personal, pero parece que no va por ahí la cosa. El miedo nos hace defendernos de los fantasmas que inventamos. La inflación del yo es la responsable de la idea de ganar y perder, de la existencia del concepto de “ganadores” y “perdedores”. Pero a la hora de la verdad, en un conflicto todos pierden. En la idea de lo mío y lo tuyo subyace la secreta ilusión de que lo mío es mejor. Aunque no es políticamente correcto admitirlo.

Sufrimos a gobernantes que han vuelto a utilizar primarios argumentos maniqueos para justificar las guerras. Lo mío contra el “eje del mal”. Los buenos (nosotros) contra los malos (el enemigo).

La aplicación de los conceptos de inteligencia emocional y empatía son antídotos para la vanidad del yo. Ponerse en la piel del otro, conocer los sentimientos, necesidades y razones de los demás son cualidades inestimables para las relaciones personales, profesionales y políticas.

El individualismo nos ha llevado a olvidar que en esencia tenemos más semejanzas que diferencias, que estamos más interconectados en la existencia de lo que sospechábamos y que todo influye sobre todo. Nada es independiente del resto del universo.

La inflación del yo

- Fortalecimiento de las divisiones y fragmentos en la sociedad.

- Glorificación del yo y de lo propio.

- Miedo e inseguridad ante lo ajeno.

- Violencia hacia lo que es distinto.

- Idea de ganadores y perdedores.

- Ausencia de empatía.

¿Otro mundo es posible?

De lo descrito cabría pensar que lejos de estar entrando en la Era de Acuario, en la que se supone que prevalecerán valores más compatibles con lo humano, como las dimensiones más espirituales del hombre, nos hemos encallado en una transición que se resiste a dejar atrás la realidad del pasado reciente. Las soluciones siguen siendo las mismas para los mismos problemas con lo que hemos logrado más de lo mismo. Tenemos, por otra parte, más celeridad en la transmisión de la información, un mayor acervo de conocimiento y más comunicación, aunque no de mejor calidad. El resultado es el mismo caos, pero más vertiginoso e impredecible. Aún valorando en su justa medida el progreso en el ámbito del conocimiento tecnológico y científico, podemos entrever que la acumulación de datos es una condición necesaria pero no suficiente para promover la felicidad. Incluso algunos pensadores sostienen que el conocimiento puede erigirse en un obstáculo para percibir la verdadera esencia de la existencia. Evidentemente, conocimiento no es clarividencia, ni inteligencia intuitiva y directa. De esta última depende en gran medida la percepción correcta, la armonía y la felicidad de una persona. La mirada atenta a lo que sucede en nuestro interior y a nuestro alrededor es la fuente interna de felicidad. Conocer nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, los buenos y los más inconfesables, sin juzgarlos; ser conscientes de nuestras palabras y acciones, percibir también de modo consciente lo que sucede fuera de nosotros, esto es la verdadera inteligencia: iluminar la vida para verla mejor. Y para eso necesitamos detenernos un poco.

Aquietarse y contemplar no está bien visto, lo que se valora es la imagen de actividad. No obstante, la atención y la contemplación son el secreto de la concentración máxima.

Menos pasado y futuro y más presente. Aquí está todo lo que buscamos, solo hace falta ir más despacio y mirar bien.

Cambiar las actitudes

- Desarrollo de la inteligencia emocional.

- Mayor atención a nuestros sentimientos y los de los demás.

- Incrementar el énfasis en el presente.

- Aprender a observar.

 

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