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Pasado y olvido

Isabel Larraburu

Pasado y olvido PDF Print E-mail
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Magazine La Vanguardia

Llega a la consulta derrotado, indefenso. El peso de la vida en sus hombros, incapaz de sacudírselo; grabado el pasado en su cerebro y su corazón como un tatuaje indeleble.

Su anterior psicólogo le había hecho ver que sus desgracias eran la resultante de carencias afectivas y vitales derivadas de su infancia. Ya está: su madre no lo había hecho bien. Se había equivocado mucho.


En cierto modo se sintió aliviado, él no era el responsable de tanta disfunción, solo había sido una víctima de las circunstancias. Debería hacérselo saber a su madre sin más dilación, no fuera que el tiempo se lo hiciera imposible después. El psicólogo le había asegurado que así sus probabilidades de mejoría serían mayores y a la vez aceleraría su curación. La señora, a sus 75 años, recibió acongojada la catarsis filial, supuestamente terapéutica. Ahora ya eran dos los seres angustiados que acudían a la consulta: su madre y él. La anciana se preguntaba: “¿y lo mío, también es culpa de mi madre?”


El pasado es una película.

El pasado es una construcción subjetiva, llena de creatividad, lagunas, imaginación para rellenar estas lagunas, distorsiones embellecedoras o distorsiones victimizadoras. ¿Existe alguna evidencia de que el pasado - resultado de una mejor o peor memoria, sesgado por elecciones personales, por el miedo, por la culpa, por lo que “debería haber sido y no fue”- merezca el suficiente crédito como para impedir que vivamos el presente con mirada nueva? ¿Tanto poder hay que adjudicarle al pasado?

Cerrar el pasado.

Mientras miremos el pasado, pasamos de largo la vida. Todos los instantes de nuestra existencia deberían ser percibidos con mirada ingenua, cuanto más ingenua, más genuino e intenso será nuestro vivir. Y, por tanto, más feliz. El momento presente es lo único con lo que se puede operar. No podemos manipular el pasado si no es gracias a nuestra imaginación.
Permitimos que el pasado condicione nuestro presente provocando errores de percepción. Vemos el presente teñido de imágenes del pasado. No ofrecemos una segunda oportunidad a las vivencias que nos recuerdan el pasado. Si una persona recibió una etiqueta una vez, difícilmente le dedicamos la prerrogativa de otra valoración. Fue antipática y siempre será antipática. El pasado parece que ordena y manda.
No obstante, el pasado no es más que una interpretación personal. No hay más que ver las diferentes versiones de los hechos que hacen los hermanos sobre su infancia o los ex – esposos sobre su vida en común. Esto contradice totalmente cualquier criterio científico.

La perspectiva más saludable.

Con esta visión de las cosas, cualquier análisis del pasado también desafía todas las leyes del conocimiento. Un análisis, para ser fiable, debería ser exhaustivo. Y nunca lo es. El conocimiento del hombre sobre sus acciones, sus motivaciones, sus decisiones pasadas solo puede ser aproximativo. La misma persona, al hacer recuento de una situación pasada puede hacer distintas adaptaciones. Así, la postura más cauta es ser conscientes de que en realidad no sabemos. Si realmente llegamos a la conclusión de que el análisis del pasado no es fiable, solo nos queda sumergirnos en el presente. El pasado ya no nos ofrece datos fiables. ¿Para qué detenernos a analizar? ¿Realmente habrá que hacer un esfuerzo para recordar? ¿Cómo podremos saber si lo que recordamos es real? ¿Cómo saber si no son Falsos los recuerdos? ¿Emprenderíamos en nuestro trabajo la solución de problemas con datos tan insuficientes?

El cerebro nos ayuda a olvidar el sufrimiento.

Un interesantísimo estudio publicado en enero de 2004 en la revista “Science” describe los hallazgos de los psicólogos investigadores de la Universidad de Stanford y Oregon, Michael Anderson y otros, en el que, por medio de técnicas de imagen por resonancia magnética demuestran que existe un mecanismo cerebral destinado a bloquear los recuerdos no deseados.
A diferencia de lo que Freud propuso hace un siglo, los recuerdos pueden ser bloqueados y hacerse irrecuperables mediante una capacidad esencialmente humana, la de controlar su comportamiento, afirman los autores del estudio. Las personas son capaces de olvidar voluntariamente pensamientos de cosas que no quieren recordar hasta que llega un momento en que no los pueden recuperar aunque quieran.
La supresión de los “malos” recuerdos está asociada a una activación prefrontal dorsolateral y una reducción de la activación hipocámpica, lo que produce una deficiente retención de la memoria. Con eso concluyen que existe un proceso activo de olvido al que denominan “olvido motivado”.

Analizar el pasado: misión imposible.

Cerrar la puerta al pasado no significa suprimir emociones. Es, de hecho una postura muy racional. No está al alcance de nadie introducirse en el túnel del tiempo y cambiar su biografía al gusto del consumidor. Solo nos queda hacernos amigos de nuestra historia o de lo que nos quede de ella en nuestra memoria. No existen culpables, ya que todo está interconectado. Las influencias y causalidades en nuestra vida han sido muchas. No deberíamos esforzarnos especialmente en “buscar la verdad” del pasado ni tampoco suprimir o negar las emociones. Las emociones tienen su propio ritmo. Tienen un principio y un final. Lo que sí podemos es pensar lo que queremos pensar. Al fin y al cabo, el pensamiento tiene que estar a nuestro servicio, no nosotros al servicio de él.

Consejo 1: Tener en cuenta que la situación presente siempre es más real que el pasado, por más que este nos haya marcado. El presente es lo único importante. Cuánto más valor le demos, más felices podremos ser. Si permitimos que el pasado continúe en nuestra vida, gran parte de esta vida deja de experimentarse, solo la vivimos a trocitos.

Consejo 2: No estar pensando continuamente en hechos del pasado. Darle vueltas es revivir repetidamente las emociones que ya se habían vivido: tristeza, angustia, miedo o ira. Cada vez que recordamos volvemos a vivir todas las emociones. Además pensar continuamente solo logra retrasar el olvido y promueve la fijación del recuerdo.

Consejo 3: Una vez concluimos que darle vueltas al pasado es inútil y poco eficaz, habría que detectar a tiempo los pensamientos que “sobran”, interrumpirlos y redireccionarlos hacia la atención al presente inmediato. En la atención consciente está el secreto. Atención a todo lo que está pasando en nuestra vida ahora, hasta lo más banal.

Consejo 4: Las emociones no se deben “tapar”. Solo queda vivirlas y esperar que pasen. No luchar contra ellas. Pero podemos parar de dar cuerda a los pensamientos circulares y a los “falsos análisis” de imposible resolución sobre las penas o sinsabores del pasado. El pensamiento sí se puede interrumpir.

 

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