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Pecados Capitales

Isabel Larraburu

Pecados Capitales PDF Print E-mail
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Magazine La Vanguardia

La nueva ejecutiva de marketing de apabullante currículum no llegó nunca a entender la afluencia de malas vibraciones con las que fue recibida nada más llegar a la empresa. Personas con las que escasamente había cruzado un “buenos días” ya la ignoraban o miraban mal.


Sentía que era objeto de críticas y antipatía. El alma cándida se flagelaba:” ¿qué habré hecho mal? Todo lo que he intentado hasta ahora ha sido hacer méritos, portarme bien, colaborar, trabajar 12 horas, evitar conflictos, ser simpática…” La infeliz meritoria era incapaz de sentir ese sentimiento abyecto, comúnmente llamado envidia. A pesar de su comprobada inteligencia académica carecía de la suficiente inteligencia emocional para identificarlo en los demás.

Sentimientos autodestructivos.

Los pecados capitales en su versión secular son vicios morales. En su traslación psicológica, son sentimientos autodestructivos. Clásicamente, se enumeran siete: soberbia, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza. Algunos de ellos alcanzan la categoría de inconfesables: ni la gota malaya lograría que los admitiéramos. Está demostrado que nos sentimos más virtuosos de lo que somos en realidad. Nuestra propia estima se resiste a incorporarlos a la imagen que nos atribuimos. Son aquellos llamados espirituales, ya que los considerados carnales (la gula y la lujuria, quizá también la pereza) son objeto de una mayor condescendencia y complicidad. Acordes con la idea de la “perdonabilidad” de los carnales (esta vida es corta), nos centraremos en el análisis de los dos más innobles y solapados con el fin de reconocerlos en nosotros mismos y defendernos de sus arpones envenenados: la envidia y la ira.

La envidia corrosiva.
De todos los citados, la envidia es el vicio más perverso e imperdonable, ya que es el que tiene el mayor poder corrosivo para el vicioso, a la vez que es demoledor para el envidiado. Merece un apartado especial por su ubicuidad en nuestro medio y porque está enlazado con todos los demás de diversas y tortuosas maneras. Con la envidia se vincula la ira, los celos, la competitividad, la calumnia, la maledicencia, la rivalidad, la avaricia, el rencor, la venganza y todo el espectro de la ruindad humana. Además, la envidia, a diferencia de los vicios restantes, no deja demasiado espacio al placer, a excepción del placer de ver al envidiado destruido.

La tristeza por el bien ajeno (o la alegría por el mal ajeno).
La psicóloga recibe a su paciente que sigue un tratamiento por depresión. Aquél día fue distinto, Por primera vez en mucho tiempo mostraba la sonrisa más angelical y sincera que le hubiera visto en la cara.” ¿Parece que te encuentras mejor?”, le pregunta la terapeuta. “Mi enemiga ha suspendido la selectividad y no podrá entrar en mi facultad,” responde la paciente con un brillo inusual en los ojos. La envidia malsana mostraba su cara más genuina, sin tapujos.
La envidia tiene más concordancia con la percepción interna de inferioridad, que con la escasez objetiva. No es que la envidiosa no tuviera los medios para entrar en la universidad, sino que se sentía inferior a la envidiada.
Para que la envidia esté presente se necesitan tres partes:
1. El envidioso (sujeto).
2. El envidiado (rival)
3. Una posesión (un bien)

El bien puede ser material o no, por ejemplo, la felicidad que el envidioso atribuye al envidiado. Así, la envidia se define como una incomodidad, tristeza o malestar que siente el sujeto al pensar que no posee el bien que tiene el rival. Si la envidia pasa a ser maligna, también se desea que el rival no tenga el bien. En este caso se trata de la “envidia malsana o destructiva”. La “envidia sana” suele estar mezclada con admiración.
Esta pasión proviene de la tendencia humana a evaluar el propio bienestar mediante la comparación con el prójimo.
En un ensayo magistral sobre la envidia, el filósofo Alfonso Tresguerres elabora un retrato del envidioso y del envidiado y concluye afirmando que no es necesario que exista una superioridad real del envidiado ni tampoco la posesión de algo que le haga aparecer de inmediato como superior. Solo hace falta que el envidioso lo vea como tal. El envidioso se siente inferior al envidiado y es la envidia el rasgo que desvela este sentimiento. Por esta misma razón, el envidioso no está dispuesto a reconocerlo ni siquiera ante sí mismo. Por eso también la envidia se oculta y se niega tenazmente. Añade, por último una frase de Rochefoucauld: “A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales, pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir”. Sería como admitir la propia inferioridad.

Perfil del envidioso
- Triste y pesaroso por el éxito del envidiado y alegre por sus fracasos y desdichas.
- Pasivamente descontento. Su odio se activa fácilmente ante circunstancias favorables.
- Colérico y rencoroso.
- Calumniador y maledicente.
- Se compara continuamente al envidiado y es competitivo.
- Siente inferioridad respecto al envidiado y no es capaz de admitirlo ni siquiera ante si mismo.

Perfil del envidiado. - Alguien cercano, no necesariamente en el espacio sino en el tiempo. Coetáneo o de edad similar. (El joven no suele envidiar al viejo porque puede pensar que dispone de mucho tiempo para llegar dónde ha llegado el viejo y a éste le queda el consuelo de pensar que eso nunca será así.)
- El envidiado desea lo mismo que desea el envidioso. Tiene los mismos objetivos. Existe una paridad en las aspiraciones entre envidiado y envidioso.
- El envidiado tiene algo que el envidioso ve factible llegar a poseer o hacer. Por eso es más frecuente que el pobre envidie a otro pobre que que envidie al rico. El envidioso necesita compararse a un modelo próximo. El envidiado nunca es alguien demasiado superior con quién el envidioso no pueda competir.
- El envidiado está cercano en el espacio (es el vecino, el cuñado). Con esto se alimenta la competencia y se aviva constantemente el fuego de la envidia.

La ira mortífera.
Tres amigas están reunidas abandonándose a los brazos de Baco y degustando selectas exquisiteces con total despreocupación por el efecto potencial sobre sus figuras. Pero el motivo lo justifica. Están pasando los momentos más placenteros y gratificantes de los últimos tiempos. En plena tempestad de ideas, emerge un flujo exuberante de imágenes perversas, sin censura, un festín de fantasías descabelladas que las transportan al nirvana, la felicidad total derivada de la sensación de poseer un poder infinito. El motivo de tal satisfacción es la planificación de una sofisticada venganza, anónima, impune y definitiva contra un elemento innombrable y repugnante que casualmente era el marido de una de ellas. El reptil fue descubierto por la traicionada yaciendo en el propio tálamo conyugal con una compañera de trabajo. La escena podría recordar el club de las primeras esposas.
Los ensueños no están sujetos a las normas de la moral, son la manifestación más espontánea y libre de la mente humana. Nada está prohibido ni nada es deshonesto, piensan. ¿Por qué no abandonarse a las quimeras de la venganza y disfrutar de las mieles del poder imaginario?
La venganza es la respuesta instintiva natural ante el insulto y la ofensa que hace que la persona se sienta “empatada” con quién la agredió.
En una encuesta realizada por la revista Psychology Today (1983) se hizo la siguiente pregunta: “Si usted pudiera, anónimamente, apretar un botón y eliminar con eso a alguna persona sin sufrir las consecuencias, ¿lo haría?” Un 69% de hombres y un 56% de las mujeres dijo sí. Se aniquilarían jefes, ex-maridos/esposas, ex –novios/as, la antigua pareja de los compañeros actuales, la actual pareja del ex…El número de asesinatos superaría de modo grotesco las cifras actuales. Es aterrador pensar que muchos de nosotros, en condiciones adecuadas, podemos potencialmente desarrollar una tolerancia o racionalización ante la injusticia. Parece ser que la hostilidad es un mal demasiado frecuente y, además, para algunos los agravios no prescriben. El mundo donde vivimos nos valida reiteradamente las reacciones de ira y sus derivados. La sociedad está llena de modelos de cólera y venganza. El presidente/emperador George W. Bush se dirige a nosotros, impotentes espectadores de su política exterior, para convencernos de la necesidad y pertinencia de su cruzada contra el “mal” y hablarnos de las “lecciones” que debe dar al “enemigo”. Nos racionaliza la venganza. Intenta legitimar lo ilegitimable. Exhibe la violencia como algo moral y justo. Salirse de este patrón aprendido de defensa es todo un aprendizaje de empatía y perdón.

Ideas y creencias del vengativo.
- “Equilibrar la balanza”: La persona vengativa hasta puede pensar que su procedimiento es moral. Buscan la justicia.
- “Dar una lección” al agresor: hacerle ver que no va a tolerar otra ofensa y que el agresor no va a quedar impune. En este caso la función moral / educativa de la venganza va dirigida directamente al agresor.
- “Salvar la dignidad”: Esta idea pretende demostrar al agresor y a todo testigo de la agresión, que es una persona que no se va a dejar avasallar y que tiene su propia valía y dignidad.

Las caretas de la rabia.
El graciosillo (pasivo-agresivo) de las fiestas y verbenas se deleita a sí mismo haciendo de los demás objeto de sus bromitas. Los privilegiados inspiradores de sus gracias perciben su agrio sentido del humor de modo diverso. Unos ya lo conocen y están familiarizados con su peculiar jocosidad, otros ni esbozan sonrisa, pero, indefectiblemente, todos se preguntan si a él no le importaría reírse de si mismo de vez en cuando y para variar un poco.
Pareciera que cuánto más “civilizada” se hace una sociedad, más disfraces utiliza la hostilidad. La ira se nutre de todos los otros vicios. La envidia puede ser un preludio de la ira, así como los celos, la competitividad, la avaricia, la soberbia y el orgullo. Estas aflicciones, a su vez, se traducen mediante las múltiples caretas de la ira: hostilidad, irritabilidad, ironía, rencor, sarcasmo, bromas pesadas, resentimiento, amargura, venganza, susceptibilidad, ataques de rabia y violencia verbal o física.
La rabia nace de la percepción de ver amenazado nuestro bienestar o sentir que se frustran nuestras expectativas de alguna forma. El organismo responde automáticamente preparándose para la lucha. En la profundidad de nuestras creencias, esta emoción proviene de ver vulnerado nuestro sentido de la justicia.

Pensamientos hostiles.
Los estudios sobre la hostilidad humana se han desarrollado desde los tiempos de Freud en el ámbito de la psicología. Han surgido teorías encontradas: por un lado están los que afirman (coincidiendo con la convicción general) que solo existen dos derivaciones de la rabia: ventilar la rabia para su superación, o suprimirla, volviéndola hacia dentro, lo que puede terminar en depresión y resentimiento. Algunos trabajos han demostrado recientemente que la descarga de la ira incrementa la excitación emocional del cerebro causando más irritación en la persona y que de ningún modo la catarsis es terapéutica. Para la psicología cognitiva, la ira es producida por el estrés más la activación originada por pensamientos tendenciosos y poco objetivos que añaden leña al fuego. No son los hechos los que nos producen rabia, sino cómo los interpretamos. Pero en realidad el rabioso es el único responsable de su sentimiento aunque él no esté de acuerdo: él se lo guisa y se lo come. La solución consiste en dejar de fabricar irritación. Convenimos con esta última teoría.
La toxicidad de la ira
La rabia en sus diversas manifestaciones es un veneno para el cuerpo. Produce niveles elevados de testosterona en los hombres, adrenalina, noradrenalina y cortisol. Los niveles altos y crónicos de testosterona y cortisol favorecen la arteriosclerosis, que es la causa más común de enfermedad arterial coronaria. El cortisol debilita el sistema inmunitario y reduce la capacidad de combatir las infecciones. Se eleva la presión sanguínea, lo cual obliga al corazón a trabajar con mayor intensidad, aumentando su tamaño y disminuyendo su eficiencia. La ira crónica contribuye al desarrollo de enfermedades tales como: trastornos digestivos, úlcera, hipertensión, enfermedad coronaria, susceptibilidad a las infecciones, erupciones, dolores de cabeza, y más.

El personaje hostil.
- Piensa que es “la gente” que le hace enfadar, sin embargo son sus propios pensamientos hostiles los que generan su ira.
- Cree que alguien está actuando injustamente o algo es injusto. Percibe maldad e intencionalidad.
- Considera que sus conceptos de verdad, justicia y equidad deben ser compartidos por todos. No contempla que los otros puedan tener su propia visión de la justicia y de la moralidad. Carece de empatía.
- No tiene en cuenta que los demás no creen merecer sus “lecciones”. Entiende que sus revanchas van a tener un resultado positivo para “enseñar” a sus semejantes.
- No tolera la crítica, ni que estén en desacuerdo con él, ni que no se comporten como él espera. Estas conductas despiertan en él sentimientos defensivos por temor a perder su auto estima.
- Su frustración proviene de sus expectativas no realistas, muchas de ellas están basadas en lo que los psicólogos llamamos los “deberías”. Entre estas se pueden citar las siguientes:
1. Merezco las cosas que deseo (amor, felicidad, éxito profesional). Falacia de tener derecho.
2. Si me esfuerzo, debería tener éxito.
3. Los demás deberían ser como yo y creer en mi concepto de justicia y rectitud. Falacia de cambio.
4. Debería ser capaz de resolver cualquier problema con rapidez y facilidad.
5. Si soy buena persona, la gente debería apreciarme. Falacia de la justicia.
6. La gente debería pensar y actuar como yo.
7. Si soy amable y atento con alguien, esa persona debería tratarme igual.

Los efectos saludables de la virtud.
El filósofo Comte-Sponville define la virtud como una fuerza que actúa o que tiene la potencialidad de actuar. La virtud de una planta o de un medicamento es curar; la de un cuchillo, cortar; la de un hombre, actuar humanamente.
Tenemos cada vez más evidencia de que aprender a sanear nuestros sentimientos auto y hetero destructivos es mucho más saludable que mantenerlos cociéndose en el interior. Los beneficios del perdón y del amor han sido ampliamente predicados por las distintas religiones a lo largo de los tiempos, pero solo recientemente la psicología les ha prestado la debida atención.
Varios estudios confirman que el que sabe perdonar recibe recompensas para su salud en esta vida, además de las espirituales.
Perdonar puede mejorar la calidad de vida, la presión arterial, el sistema inmune y prevenir la depresión y la ansiedad. Tiene la propiedad de revertir todas las consecuencias físicas de la hostilidad. Tanto es así que ahora proliferan en los EEUU los seminarios para aprender a perdonar con el fin de preservar la salud. El perdón, en términos psicológicos se define como una reducción en la motivación de dañar al agresor y, simultáneamente, un aumento de la motivación de actuar de modo favorable para el agresor. Quizá el objetivo sea demasiado ambicioso, pero lo que sí es cierto es que el que perdona sale tan favorecido como el perdonado.
Sería alentador que estos estudios sobre el perdón y la hostilidad tuvieran una influencia cada vez mayor sobre la interacción humana cotidiana.
El monje zen Thich Nhat Hanh dedica una parte de sus enseñanzas al conocimiento y superación de la ira. Estas son sus palabras:
“Todo necesita alimento para vivir y crecer, incluidos nuestro amor y nuestro odio. El amor es algo vivo, al igual que el odio. Si no nutrimos nuestro amor, este puede morir. Si cortamos el alimento a nuestra violencia, ella también morirá.”

 

 

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