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El hambre nerviosa

Isabel Larraburu

El hambre nerviosa PDF Print E-mail
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Dietética y Salud

Rosa tiene cincuenta años y desde que era adolescente ha probado todas las dietas con médico y sin médico. Su armario tiene ropa de todas las tallas , desde la 40 a la 48, a la que echa mano según en qué nivel de peso esté. El resultado final de treinta y cinco años de esfuerzos y remordimientos es un ansia de comer a deshoras que no puede resistir, un sobrepeso de más de 30 kg desde que empezó su primera dieta, una imposibilidad total de seguir una dieta por más de dos días y una auto estima por los suelos.

El hecho de comer por razones que no tienen nada que ver con el hambre es una característica netamente humana. Los animales en su medio natural y los niños recién nacidos deberían ser nuestros maestros en lo que se refiere a alimentarse: comen cuando tienen hambre y paran de comer cuando están satisfechos. A decir verdad, sería deseable que comiéramos como animales.


Hambre y saciedad.
El hambre y la saciedad son reacciones fisiológicas normales que están compuestas por una cadena de respuestas químicas y nerviosas automáticas que no necesitan para nada de nuestra decisión ni fuerza de voluntad. Es decir, animales y niños recién nacidos funcionan a tenor de esas reacciones sin saber nada de calorías ni de grasas ni de hidratos de carbono. Es algo natural e instintivo.


Comer sin hambre.
La pesadilla de comer por comer, sin hambre, y no poder parar por no sentir saciedad , se origina cuando decidimos frenar nuestro apetito saludable por razones diversas y empezamos a restringir lo que comemos. Así debilitamos nuestras señales naturales que son el hambre y la saciedad. Si logramos adelgazar en un tiempo relativamente corto ( unos meses) y luego volvemos a comer lo que necesitamos, entonces no hay problema. Pero si los resultados no son satisfactorios en el mantenimiento y tenemos que seguir frenándonos durante un tiempo prolongado, entonces nos transformamos en “ la que siempre está de régimen” .


Estar “ siempre de régimen” tiene sus efectos secundarios:
1. Cuando te liberas un día, arrasas con todo. No hay término medio.
2. Cuando estás depre, nerviosa o estresada, también arrasas.
3. Nunca disfrutas con la comida, siempre comes con remordimiento.
4. Nunca adelgazas de un modo mantenido, sino que pareces un acordeón con tendencia al alza.
5. Después de cada temporada de régimen, vuelves a subir lo que has perdido más la propina.
6. Tu tasa metabólica se reduce, es decir, tu cuerpo se va a acostumbrando a sacar más provecho de la comida , almacenándola por si acaso. El cuerpo toma medidas de precaución guardando energía por si vuelves a quitársela con otro régimen. ( Esto sucede en los campos de concentración). Curiosamente, esto puede suceder aunque tengas 110 kg. de peso.
7. Tiendes a pasar del “freno al desenfreno” de un día para el otro, entrando de lleno en lo que se llama el síndrome del yo-yo.


Qué puedes hacer.
1. No hagas dietas demasiado restrictivas. El hambre y el remordimiento te llevan a comer “lo prohibido” y en cantidades mayores de lo normal.
2. Come muy despacio, intercalando pausas de hasta 5' en medio de las comidas. Esto te ayuda a recuperar nuevamente la saciedad. Comerás menos y te sentirás satisfecha.
3. Espera unas tres horas sin comer. Ordena tu día comiendo algo cada tres horas, pero siempre a las mismas horas. Esto te ayudará a recuperar el hambre saludable.
4. Camina unos 45' diarios a marcha rápida. Esto te ayudará a volver a activar tu tasa metabólica. Es decir, tu cuerpo volverá a quemar calorías, y, aunque estés en reposo seguirá quemando.
5. No tengas nada prohibido en tu dieta, puedes desarrollar un ansia desbordada de comerlo.
6. Haz una alimentación saludable en la que haya hidratos de carbono ( pastas, patatas, legumbres y pan) en una cantidad del 40% mínimo.

 

 

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