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Bulimia nerviosa

Isabel Larraburu

Bulimia nerviosa PDF Print E-mail
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La Vanguardia. Ciencia

"La comida ya no es un placer para mí. Me sorprendo varias veces al día presa de un ansia que me arrebata la libertad, como una pasión que domina mis acciones y pensamientos estrechando mis intereses y objetivos para desembocar en el acto furtivo y solitario, care­nte de toda dignidad, de ingerir cualquier tipo de alimento hasta llegar al límite de mi capacidad física que me sumerge en un estado de embriaguez.

 

 

 

La con­tinuación es no menos confesable cuando mi cuerpo ya no puede sopor­tar más alimento y enestado semi­hipnótico medirijo al baño, me inclino ante el inodoro introduciéndome los dedos en la garganta para provocar el reflejo del vómito con el fin de contrar­restar los efectos de la comilona. El sentirme vacía otra vez me alivia y me produce placer preparándome para repetir el ciclo una y otra vez. A pesar de haber conseguido mis íntimos deseos de comer sin engordar, el respeto por mi misma no llega a los mínimos, mi estado de ánimo me impide disfrutar de la vida, que va pasando sin mí, no me veo capacitada para amar a al­guien ni mucho menos ser amada ni tampoco puedo con­centrarme en el trabajo. La bulimia se ha introducido insidiosamente en mi existencia adueñándose en el proceso de la mayor parte de ella." (Irene, informática de 28 años).

La Generalitat de Catalunya está llevando a cabo una campaña informativaque pretende informar sobre el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria entre la población catalana. Esta iniciativa se produjo recientemente ante la constatación de la alta incidencia - el número de nuevos casos- de este tipo de desórdenes del comportamiento alimentario en nuestro medio.

Esta iniciativa coincide con la noticia de la detección de un trastorno que se ha revela­do como mucho más prevalente de lo espe­rado en los EEUU. Corresponde a la patología ca­racte­rizada por las conductas devoracidad que parecen estar intimamente rela­cionadas con la obsesión por las dietas en nuestro en­torno.

Se trata del trastorno por atracones -"binges" en inglés- cuya traducción al castellano presenta sus dificultades por no existir un término equivalente.

Una historia muy antigua

Los primeros indicios de esta patología pueden hal­larse en referencias históricas que indican que en el siglo 8 a.C. Homero distinguía dos posibles orígenes para la palabra "boulimos":

"limos", cuyo significado en griego antiguo era "hambre", se transformaba en "hambre voraz" mediante los prefijos "bou" (gran cantidad) o "boul" (buey).

La palabra fue sucesivamente utili­za­da para nombrar el hambre patológica por Hipócrates, Aristófa­nes y Jenofonte. Ya en el siglo I d.C. Plutarco incluye en sus "Consejos para conservar la salud" contenidos en sus "Obras Morales y de costumbres" un alegato contra los vómitos autoinducidos: "los vómitos provocados por medio de medicinas, abominable alivio contra la hartura, no deben emplearse como hacen muchos que llenan su cuerpo para poderlo vaciar y, de nuevo, lo vacían para llenarlo de una manera antinatural... El mal que acompaña al vómito es que aumenta y alimenta la insaciabilidad, pues se origina un hambre áspera y perturbadora como corrientes entrecortadas, y arrastra furiosa hacia sí el alimento por la fuerza, que no se parece a apetitos necesitados de comida."

El ciclo atracón-purga

Las primeras descripciones clínicas de la anorexia nerviosa se remontan al siglo XIX gracias a Lasègue (1873) y Gull (1874) y corresponden al tipo restrictivo, no bulímico. Solamente en nuestro siglo, Crisp (1967) informa del caso de anoréxicas que se atracan y vomitan que corresponde a un 18% de su casuística.

A partir de entonces diversos autores corroboran la presencia de anoréxicas que practican excesos estableciéndose la primera diferenciación entre los dos subtipos: restrictivo y bulímico.

Hacia la década de los 70 se llegó a detectar que el método de vomitar en personas de peso normal era de uso mucho más frecuente de lo que se pensaba en una sociedad volcada hacia el culto a la delgadez. Para entonces los epidemiólogos informaban que una cuarta parte de las estudiantes universitarias llevaban a cabo el vicio secreto de atracarse y vomitar, el ciclo atracón-purga.

En 1980, con la 3ª edición del Manual diagnóstico estadístico de los trastornos mentales, DSM-III, se introdujo por primera vez un diagnóstico psiquiátrico para este tipo de patología que se denominó Bulimia. Sus criterios de inclusión eran suficientemente amplios para que se pudiera hablar de proporciones epidémicas.

Posteriormente se han ido modificando los criterios dando lugar a la aparición de otro diagnóstico, "Binge eating disorder" (traducción castellana aún pendiente) que correspondería al desorden compulsivo de la conducta alimentaria que se caracteriza por atracones no compensados mediante conductas de vómito o purga.

Actualmente se considera que las comilonas sin control pueden presentarse en tres patologías: la anorexia nerviosa -subtipo bulímico- en peso reducido, la bulimia nerviosa en peso normal y el trastorno compulsivo "binge eating disorder"(BED) en obesos, siendo que solamente en la anorexia y en la bulimia nerviosas se utilizan conductas compensatorias de purga o vaciado.

Un trastorno no suficientemente detectado.

Los estudios epidemiológicos sobre la prevalencia real de la bulimia nerviosa padecen muchas limitaciones como afirma Christopher G. Fairburn, psiquiatra australiano que desarrolla su trabajo en el Warneford Hospital de Oxford, Inglaterra y cuyo interés en los últimos 15 años se ha centrado en el estudio de esta patología. La tasa real de personas que padecen bulimia en la población general está infradetectada dada la reticencia de los afectados a participar en estudios sobre la materia. No obstante, las conclusiones del último trabajo publicado al respecto en 1992 sobre una muestra de 285 mujeres de la población general, entrevistadas en consultas médicas del medio urbano y suburbano en Oxford, de edades comprendidas entre los 16 y los 35 años, pueden resumirse así:

1. La prevalencia de bulimia nerviosa entre adolescentes y mujeres jóvenes se sitúa entre 0.5% y 1%.

2. La bulimia nerviosa es poco frecuente en hombres.

3. El riesgo de padecer bulimia nerviosa entre las mujeres esmayor que hace una década.

4. Los casos identificados en la población general poseen nivelesde morbididad comparables a los de pacientes que están entratamiento.

5. Solo una proporción muy pequeña de casos de bulimia nerviosaestán siendo tratados. Tanto médicos generales comopsiquiatras a menudo no aciertan a detectarlos.

6. No se sabe aún la verdadera prevalencia de la conductacompulsiva de comer por atracones ("binges").

Causas.

Con relación a los factores implicados en la etiología de la bulimia nerviosa, el mismo autor pone de relieve el sesgo que se produce en investigaciones que se realizan exclusivamente con pacientes así como la poca atención que se ha dedicado al momento en que operan los diversos agentes causales. Aún así, existe evidencia de que los principales elementos que parecen formar parte de la etiología de la bulimia nerviosa son la historia familiar de trastornos de la conducta alimentaria, trastornos afectivos, abuso de sustancias u obesidad; por otra parte, la historia personal de trastornos afectivos, obesidad, diabetes o abuso sexual.

El trastorno por atracones (BED) en obesos.

Al otro lado del Atlántico, Robert L. Spitzer y cols. de la Universidad de Columbia en Nueva York aportan resultados de un estudio multicentro con 1.785 sujetos implicados en diversos programas de adelgazamiento. Los datos informan que el 29% padecía el trastorno por atracones (BED), recientemente conceptualizado como diagnóstico psiquiátrico.

A diferencia de la bulimia nerviosa, este afecta primordialmente a personas obesas o de peso inestable, con subidas y bajadas ponderales significativas y frecuentes a lo largo de su vida, la proporción mujeres hombres es de 3:2, es decir, afecta a más hombres que la bulimia nerviosa, y no incluye medidas de purga. La obesidad de esta categoría está asociada a depresión mayor, abuso de alcohol o sustancias, tendencia a valorarse según el peso, dificultades para seguir una vida normal, larga historia de dietas durante toda la vida y obesidad instaurada desde edades más tempranas.

Dietética vs. psicología.

La importancia de identificar estos trastornos de la conducta alimentaria caracterizados por el exceso en la ingesta y la falta de control tendría que reflejarse a la hora de la detección en consultas de endocrinólogos o médicos dedicados a la terapéutica de la obesidad. Existe ahora un creciente conocimiento e interés por parte de estos profesionales, pero vale la pena recordar que este tipo de población es especialmente refractaria al tratamiento tradicional de restricción dietética y suele incluso responder de forma contraria a la deseada. La respuesta más frecuente en pacientes de este tipo es la incapacidad para adherirse a las pautas de su médico nutricionista y un recrudecimiento de los atracones descontrolados como consecuencia de las prohibiciones.

Sería aconsejable, por tanto, en primer lugar, una apropiada iden­tificación del problema, que a veces se elude por temor a las reprimendas del médico, en segundo lugar tener en cuenta que un tratamiento exclusivamente basado en la dieta es con frecuencia insuficiente o incluso contraproducente, en tercer lugar, tener precaución de no culpabilizar al paciente ya de por sí proclive a auto-inculparse en exceso por su tendencia a la depresión, y en cuarto lugar, no ceder a las demandas del propio paciente de recurrir a medidas más drásticas para adelgazar como el uso de anorexígenos o sustancias afines que son definitivamente nocivas para este grupo de obesos por su tendencia al abuso de sustancias.

Habría que priorizar por tanto la intervención del psicólogo o especialista en trastornos de la conducta alimentaria dejando para una segunda etapa la intervención del nutricionista siempre que las comilonas se hayan podido controlar como condición previa indispensable para una respuesta terapéutica aceptable.

 

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