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¿Cómo puedo pensar eso?

Isabel Larraburu

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Magazine La Vanguardia

Mientras pelaba las patatas, a la mujer se le pasó por la mente usar el mismo cuchillo para degollar a su marido que leíapensarloimpensable el periódico a su lado. La reciente madre pensó fugazmente en lo fácil que sería ahogar al bebé con una almohada. El estudiante tuvo la instantánea de lanzarse a la vía del metro mientras esperaba que este llegara. El devoto católico rumió que podría tener relaciones sexuales con la Virgen María. Al heterosexual convencido se le ocurrió por un momento que podía insinuarse con el amigo de toda la vida. El pacifista se imaginó en un destello actuando como un francotirador durante una manifestación.

Si de verdad fuéramos honestos y observáramos con distancia el escándalo que nos produce, admitiríamos que con frecuencia tenemos ideas inconfesables que nos pasan volando por la mente y que no tienen nada que ver con nuestros valores y decisiones racionales. Estas ideas son tan taimadas que a veces juegan con nosotros mostrándonos un “yo” perverso que no cuadra con el “yo” coherente con nuestras creencias y  nuestro sentido de lo que está bien y lo que está mal.

“Intenta no pensar en un oso blanco”.

La presencia de pensamientos no voluntarios o invasores en la mente es un fenómeno bastante universal. Muchos  podríamos preocuparnos y dudar de si somos o no obsesivo-compulsivos. Lo  cierto es que los rasgos obsesivos se presentan en un gran número de personas consideradas " normales”. De hecho, psicólogos ingleses investigaron los pensamientos obsesivos en una muestra de 302 personas de la población general y el 84 % informó que habían experimentado el asalto de pensamientos, imágenes o impulsos indeseados más de una vez en su vida.  El contenido de los pensamientos intrusos a lo largo de los tiempos ha ido cambiando según las modas e inquietudes de cada época. Así, en épocas más oscuras de la humanidad en las que las religiones regían sin cuestión las vidas de las personas, los contenidos transgresores y pecaminosos proliferaban entre los citados pensamientos. Con el paso del tiempo, los temas referidos a la contaminación por gérmenes o por virus como el Sida, haber cometido una negligencia, atentar contra la ley, ser víctima de radiación y propagarla, sufrir enfermedades contagiosas, realizar acciones demoníacas, sufrir un descontrol de la agresividad o de la sexualidad, encallarse en dudas insolubles han ido alternándose en la florida imaginación obsesiva.

Por esta razón, no habría que preocuparse por tener ideas escandalosas de vez en cuando, sino por creer que éstas pueden hacerse realidad aunque uno no lo quiera. Solo por pensarlas. Si éste fuera el caso, estaríamos traspasando los límites de la normalidad mediante el pensamiento mágico  propio de la enfermedad obsesiva.

Para entender con un fácil experimento la razón porque un pensamiento no se va de la cabeza, podemos acudir a la historia de los hermanos Tolstoy.
La historia de Tolstoy sobre el oso blanco nos cuenta que su hermano le dijo un día: “quédate en el rincón hasta que dejes de pensar en un oso blanco.” A pesar de ser una instrucción teóricamente fácil, el joven Tolstoy fue incapaz de realizarla. Se quedó horas en el rincón pensando sin parar en osos blancos.
Eso es lo que nos pasa a todos cuando queremos dejar de pensar en algo. Cuánto más luchamos contra la idea, ésta se hace cada vez más frecuente e insistente. No deja de volver y volver a la cabeza. Siempre que deseamos dejar de pensar en algo logramos el efecto contrario. Así se mantienen las ideas obsesivas.

La enfermedad secreta.

La enfermedad obsesivo- compulsiva va saliendo poco a poco de su vida secreta gracias a películas y series como “El aviador”, la película de Scorsese que narra la lucha del millonario Howard Hughes contra su enfermedad obsesiva, “Mejor imposible”  donde el actor Jack Nicholson borda la tipología de un obsesivo y “Monk” el detective privado obsesivo-compulsivo que resuelve casos de asesinato con facilidad, pero se encalla ordenando sus calcetines.
En tiempos, el Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) se consideraba un trastorno relativamente infrecuente, pero con el tiempo esto resultó no ser cierto ya que era un problema infra diagnosticado por el secretismo de los afectados. Actualmente se sabe que muchos pueden tardar hasta 17 años en consultar y, en consecuencia, recibir diagnóstico y tratamiento. Tanto es así, su estimación llega casi a un 3% de la población general.
También se sabe que es la cuarta enfermedad mental más frecuente en los Estados Unidos y en el Reino Unido.
El ocultamiento de la enfermedad se debe a que el obsesivo es totalmente consciente de su problema y teme darlo a conocer por temor a no ser comprendido y ser considerado loco. En muchas ocasiones el inicio ocurre en la infancia o en la adolescencia.

Obsesiones, compulsiones y miedo

Lola  tiene las manos dañadas por el uso excesivo de la lejía que utilizaba para librarse de todo posible germen. Su temor era que pudiera contagiar a su familia con el cáncer a pesar de saber que esto no era factible. Los actos que llevaba a cabo para evitarlo, su compulsión, era lavarse escrupulosamente con lejía cada dedo repetidas veces, y hasta cuarenta veces al día durante 20 minutos.
Su obsesión  era tan exagerada que había implicado a todos los miembros de la familia. El marido y los hijos debían quitarse los zapatos al entrar en casa y cambiarse toda la ropa. Cualquier indicio de contaminación le suponía un sufrimiento enorme y la incapacidad de controlar el avance de los gérmenes por la casa la sumía en un estado depresivo constante. Su actividad en casa era febril y se centraba solamente en limpiar, frotar y volver a empezar. Tenía la sensación de que le faltaban horas al día y nunca estaba satisfecha.

Tomás podría parecer a primera vista  un chico meticuloso, cuidadoso y pendiente de los detalles. Sin embargo, sólo él sabía lo mal que lo pasaba cuando volvía al  coche repetidas veces (hasta seis o siete) para cerciorarse de que había cerrado bien las puertas.
Cuando tenía que mandar alguna carta, su empeño era cerrarla y volverla a abrir no fuera que hubiera hecho algo mal o hubiera olvidado algún detalle. En la oficina repasaba el trabajo hasta diez veces y se detenía a mirar continuamente si los papeles importantes aún estaban allí. Miraba varias veces la papelera para ver si algo importante se había caído inadvertidamente. Al cerrar nunca se fiaba que la secretaria apagase las luces y las estufas y llegaba a volver dos y tres veces al despacho a ver si todo estaba en orden. En casa las dudas se centraban en la llave del gas y su familia no podía entender que no acabara de confiar en sus propios sentidos al verlo repetir una y otra vez el camino a la cocina para repasarlo todo tantas veces.
Su temor  u  obsesión era el ser responsable de un posible daño a sí mismo o a otros por su falta de atención. Sus actos o compulsiones eran verificar y comprobar.

Para Víctor  todo el problema estaba en su cabeza. Él era consciente de lo absurdo de sus preocupaciones, pero esto no lo libraba de aquellos incómodos pensamientos que a veces lo aterraban y a veces le causaban verdaderas crisis de angustia. Pero nada podía hacer ya que cuanto más los deseaba alejar más se repetían impidiéndole trabajar, leer, estudiar e incluso mirar la tele. Además todo lo que oía o leía se encadenaba mágicamente con ellos dándole la sensación de que estaba atrapado. Su estado de ánimo estaba muy decaído y a veces creía que no valía la pena vivir de ese modo.

Cada uno de estos pacientes pertenece a un tipo característico de trastorno obsesivo compulsivo, aunque es frecuente que se mezclen  diversos aspectos en la misma persona:

compulsión por la limpieza.
compulsión por la comprobación.
pensamientos, imágenes e impulsos obsesivos.
lentitud y prolijidad excesivas.  

Las obsesiones se definen como ”pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y persistentes que se experimentan, al menos en algún momento mientras dura el trastorno, como invasores e inapropiados y provocan malestar o ansiedad en un grado importante”. Las ideas son vividas como algo que no es voluntario, que no tiene que ver con la voluntad de la persona y, peor aún, muchas veces son contrarias a sus valores. Se reconocen como irracionales y poco realistas, aunque no siempre eso se tiene tan claro.  Las obsesiones pueden desencadenarse a partir de desencadenantes internos o externos. Entre los internos: ciertas sensaciones físicas o estados de ánimo y entre los externos, objetos, situaciones, personas o información. La angustia que provocan las obsesiones impulsa al afectado a buscar estrategias diversas para escapar. El significado que la persona le da al pensamiento es la causa del malestar intenso que padece. El pensamiento no es lo más preocupante en las obsesiones, sino la importancia que adquiere para la persona. Si el  afectado cree que el pensamiento se puede hacer realidad con solo pensarlo, por ejemplo, su angustia será inmensa. Por eso es importante identificar qué significa para él ese pensamiento, es decir, las supuestas consecuencias de pensar en él. Esto es lo que diferencia a una persona con  trastorno obsesivo-compulsivo de otra que solo tiene pensamientos intrusos.
Si el temor al pensamiento obsesivo crea demasiada angustia, la persona puede sentirse llevada a desplegar una serie de movimientos supuestamente protectores y defensivos que constituyen las compulsiones. Su acción produce alivio a corto plazo, mientras que al mismo tiempo incrementa la probabilidad de la aparición de más obsesiones.

Las maniobras de control (o pseudo control) llamadas rituales o compulsiones pueden tener estas formas:
Evitar situaciones, objetos, personas, lecturas,  películas y demás.
Realizar conductas y actos repetitivos, estereotipados, cuidadosamente orquestados.
Dialogar en  forma de  contra pensamientos, esta vez intencionados y consoladores, para sortear la incomodidad y el malestar. Esta es la estrategia de neutralización. Pueden ser rezos, canciones o diálogos con las obsesiones.

Prohibido prohibir.

Retomamos el lema representativo del mayo francés para insistir en ello: Para superar las obsesiones es fundamental aceptar el pensamiento obsesivo. Cuando se acepta pensar lo impensable y se permite que las obsesiones vengan cuando quieran dejando de luchar contra ellas, solo entonces se reduce la ansiedad y se obtiene la paz mental. Cuando la ansiedad remite los pensamientos obsesivos tienden a desaparecer. La idea de pensar cosas inaceptables puede parecer escalofriante, pero se ha demostrado que es la mejor terapia. Esta técnica, concretamente, se llama en psicología “intención paradójica”. Es como si inoculáramos la enfermedad para librarnos de ella. Es como prescribir la enfermedad.
Algunas personas sienten temor a pensar los pensamientos impensables por miedo a que se hagan realidad. Pero esto es totalmente imposible. Nadie hace, realmente, algo que no quiere hacer. Y esto es lo que importa.
Existen diversas teorías que podrían explicar porqué esta técnica funciona, pero lo que sí está claro para todos los profesionales de la psicología, es que para dominar los pensamientos no podemos prohibirlos. Hay que tomar el toro por los cuernos y aceptar lo que pensamos y lo que sentimos.

Despiece

Clasificación de las obsesiones.

Según el tipo de ritual que desempeña el afectado, pueden clasificarse las obsesiones en siete categorías

Lavadores y limpiadores. Preocupados por la contaminación producida por determinados objetos o situaciones. Estos pueden ser: los fluidos corporales, los gérmenes, la enfermedad y los productos químicos. Su manera de combatir la angustia le conduce a lavarse las manos de modo excesivo, tomar duchas prolongadas o limpiar la casa durante horas. Tienen mucho cuidado de no entrar en contacto con agentes contaminantes diversos, absteniéndose de tocar muchas cosas, como objetos que hayan caído al suelo o las manillas de las puertas.

Verificadores. Inspeccionan todo de manera excesiva con el fin de que no ocurra nada malo, como accidentes o catástrofes. Lo más frecuente es revisar estufas y aparatos eléctricos para prevenir incendios, controlar que las ventanas y puertas estén bien cerradas para impedir que entren ladrones y repasar el trabajo realizado para impedir errores  o críticas. La revista se hace reiteradamente porque, a menudo, poco después de haber examinado todo, vuelven a tener dudas de haberlo hecho bien y de forma adecuada. Entre la duda y la comprobación pueden pasar horas realizando sus rituales.

Repetidores. El hecho de repetir acciones tiene, para este tipo de obsesivo, la facultad de  impedir que un pensamiento alarmante se haga realidad. Tiene la convicción de que está actuando de una manera eficaz para impedir consecuencias catastróficas. Detrás de estas acciones aparentemente neutras, subyace la idea de que está impidiendo que pase algo malo. En su pensamiento mágico, cree supersticiosamente que sus acciones son útiles.

Mantenedores del orden. Exigen que todo lo que les rodea esté dispuesto de acuerdo a ciertas pautas rígidas, incluyendo distribuciones simétricas.  Dedican gran parte de su tiempo a cerciorarse de que las cosas estén en el “lugar correcto” y advierten de inmediato cuando se ha modificado su disposición preestablecida. Se sienten sumamente incómodos cuando las cosas se alejan de la perfección.

Acumuladores. Este tipo de obsesión lleva a la persona a coleccionar objetos que para otros no tienen ninguna utilidad ni valor. Afirma que debe conservar todos esos objetos por si algún día los llega a necesitar. En casos extremos, tiene que alquilar un espacio adicional para colocar una cantidad enorme de objetos inservibles.

Ritualizadores mentales. Estos obsesivos se dedican a repetir pensamientos deliberadamente para contrarrestar su ansiedad. Tratan de evocar ideas,  discursos, listas, números, oraciones, recuerdos, palabras, canciones y todo tipo de actividad mental repetitiva, del mismo modo que los repetidores de comportamientos. La diferencia es que en este caso las repeticiones son mentales.

Obsesivos puros. Los obsesivos puros sufren su aflicción exclusivamente en el plano de las ideas. Sus contenidos suelen ser altamente angustiantes como pensar que tienen una enfermedad grave, atraparse en eventos traumáticos del pasado,  imágenes de conducta sexual incorrecta, impulsos de matar y hacer daño a ellos mismos, a personas queridas o indefensas. No practican rituales de conducta. Creen que por el hecho de pensar esas cosas, todo se puede hacer realidad. Sus rituales suelen ser del ámbito mental o cognitivo. Es decir, otros pensamientos que neutralizan los anteriores. Entre estas estrategias se encontrarían:
Elaborar el pensamiento.
Buscar elementos tranquilizadores.
Sustituir el pensamiento por otro.
Realizar una acción mental específica para ahuyentar el pensamiento.
Emplear actividades distractoras
Enfocar a atención al entorno y detener el pensamiento.

Despiece.
“Son las cuatro de la tarde de un sábado. He recogido la cocina y la ropa. Todo está ordenado. Necesito tenerlo así para poder disfrutar de una película que me interesa ver por televisión. Mi hija pequeña me avisa que dará comienzo en unos instantes. Me siento tranquilamente en un sofá que está situado al lado de la ventana. De repente aparece el pensamiento: ¿Y si te tiraras por la ventana? ¿Por qué no te tiras? Este pensamiento me paraliza; me pongo rígida; comienzo a sudar; el corazón me late muy aprisa; me cuesta respirar; tengo frío, un frío muy intenso; tengo náuseas...

Pienso que no podré resistir y acabaré tirándome por la ventana y como vivo en un cuarto piso me mataré. Sin embargo, sé que no quiero hacerlo, que solo es un pensamiento. Dudo. No puedo asegurar que no lo haré. Vuelvo a dudar. Intento mirar la película, pero el pensamiento me machaca el cerebro  y no me deja en paz. Bajo la persiana; quizá así no lo haga, pienso. La persiana me lo impedirá.

Observo a mis hijos y me digo que tengo mucha suerte con estos hijos, por lo tanto, ¿ por qué voy a querer tirarme por una ventana?. No quiero hacerlo, sin embargo este razonamiento no me sirve para nada. Sigo encontrándome mal y necesito ir una y otra vez al cuarto de baño. Me coloco de espaldas a la ventana intentando parar este pensamiento que me tortura. Finalmente no puedo aguantarlo más y me marcho de la habitación. Pero en los días siguientes el pensamiento sigue torturándome hasta el punto de tenerlo presente incluso en mis sueños. El miedo a hacer aquello que no quiero  invade cada instante de mis días." (Testimonio ofrecido por una paciente).

Despiece
Temática más habitual de las ideas intrusas.

Agresión y violencia: Temor a matar a un ser querido; a atacar físicamente a una persona; a atropellar a alguien mientras se conduce sin darse cuenta; a haber escrito o dicho algo inadecuado inadvertidamente, a insultar a un jefe; a enviar una carta ofensiva a un amigo.
Sexuales: Temor a poder abusar de un niño. Actuar como homosexual cuando se es, en realidad, heterosexual.
Blasfemias y sacrilegios Tener relaciones sexuales con Cristo o Satán o con la Virgen María. Hacer gestos o conductas inapropiadas en una iglesia.

Despiece
Forma de pensar del obsesivo-compulsivo
Creer que sus pensamientos están unidos de forma automática a las acciones. A esto se le llama pensamiento mágico. Pensar que solo el hecho de pensar algo, este algo puede hacerse realidad. Al sobreestimar la importancia de los pensamientos se da la fusión  pensamiento/ acción en la imaginación del  afectado.
Pensar que se es responsable de que todo salga bien o mal. Exagerar su responsabilidad propia sobre los hechos.
Exagerar su control sobre el entorno y necesidad de estar seguro de todo. Gran intolerancia a la incertidumbre.
Interpretar exageradamente las probabilidades de consecuencias negativas derivadas de sus pensamientos y acciones. Establecer relaciones supersticiosas (atribuir arbitrariamente unas causas a unas consecuencias.)


 

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