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El miedo a no poder soportar el miedo.

Isabel Larraburu

El miedo a no poder soportar el miedo. PDF Print E-mail
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Para introducir con mayor verosimilitud la experiencia subjetiva de una crisis de pánico quisiera transcribir el relato de una paciente mía que llamaremos Mónica, de 25 años, soltera, que desempeña una profesión relacionada con la literatura.

Su vivencia es expresada en muchos momentos como un cuento de terror, lleno de imágenes y pensamientos muy vívidos: PRIMERA CRISIS

«En aquel tiempo lejano, yo tenía diecisiete años y cursaba mis estudios de COU en Palma de Mallorca.
»Una tarde de diciembre caminaba con una compañera de clase por una callejuela del centro cuando el mundo se me vino abajo.

»Recuerdo el primer fogonazo de aquel momento como si se tratara de una instantánea fotográfica, y lo que sentí en aquellos minutos ha permanecido en mí, por encima, infinitamente por encima, de cualquiera de la sensaciones que haya podido tener durante todos estos años.

»Fue repentino e imprevisto, el corazón me dio un vuelco y me pareció que todo lo que había a mi alrededor se diluía; en ese instante un cúmulo de imágenes y percepciones se agolparon en mi cerebro dejándome aturdida.
»Me pegué a la pared tratando de frenar un proceso por el cual mi alma parecía a punto de desgajarse de mi cuerpo; daba la sensación de que iba a salir volando por los aires, de que iba a levitar.
»Mi corazón me martilleaba el pecho; los coches, la calle, todo giraba a gran velocidad alrededor de mí; el paisaje se desdibujaba como una acuarela mojada y yo no entendía nada.
»Presa del horror más inefable al fin lo comprendí todo: me moría. ¡Así que eso era lo que sentía una persona instantes antes de la muerte!, claro, por eso notaba que me desdoblaba, porque mi alma se iba a su origen espiritual y mi cuerpo se quedaba en la tierra para que lo enterraran.
»Cuando, al cabo de algunos minutos, dejé en segundo plano la seguridad de que me estaba muriendo, supe que algo muy importante me había pasado.
»La certeza de que algo se había quebrado en mi cerebro me invadió y sentí que una fuerza extraña me había poseído, algo de lo que ya no podría deshacerme jamás.
»La verdad es que pensé que estaba endemoniada y, en las semanas posteriores, incluso tomé en consideración la posibilidad de acudir a un exorcista.»
En su testimonio, Mónica describe de un modo muy explícito varias características de un ataque de angustia o pánico como se le llama más comúnmente:

  1. su condición de imprevisto y súbito, como si proviniera de la nada;
  2. su gran intensidad y el inmenso terror que produce;
  3. la gran profusión de sensaciones físicas desagradables y amenazadoras, así como de imágenes y percepciones;
  4. la convicción de estar a punto de morir; y, por último,
  5. la escasa duración de ese estado que raramente supera los minutos en sus momentos de mayor intensidad.

A diferencia de otros estados de ansiedad, los ataques de pánico se manifiestan súbitamente en períodos cortos de tiempo, cuando la persona no está ante ningún objeto o situación que le produzca temor. Algunas veces, incluso, en momentos de relajación o descanso.
Las sensaciones físicas que se pueden experimentar en una crisis de angustia pueden ser las siguientes:

  1. falta de aliento o sensaciones de ahogo,
  2. mareo, sensación de inestabilidad o pérdida de conciencia,
  3. palpitaciones o ritmo cardíaco acelerado,
  4. temblor o sacudidas,
  5. sudoración,
  6. sofocación,
  7. náuseas o molestias abdominales,
  8. despersonalización o desrealización,
  9. adormecimiento o sensaciones de cosquilleo en diversas partes del cuerpo,
  10. escalofríos,
  11. dolor o molestias precordiales,
  12. miedo a morir, y
  13. miedo a volverse loco o a perder el control.

Estos dos últimos síntomas, normalmente en la esfera cognitiva son aún mucho más patentes cuando la persona aún no entiende lo que le está ocurriendo, es decir, cuando ocurren las primeras crisis.

Prevalencia
Es un trastorno muy frecuente, entre un 2% y un 4% de la población lo padece y las mujeres presentan cifras más altas. Estudios americanos arrojan tasas más elevadas, de hasta un 14%.
Este porcentaje corresponde a personas que han sufrido algún episodio aislado y que a lo mejor no se ha repetido. Para establecer que una persona sufre un trastorno por angustia, según los criterios diagnósticos que utilizamos (DSM-lll-R) debería sufrir una crisis por semana durante cuatro semanas seguidas.
Existe una fuerte evidencia de la heredabilidad del pánico ya que muchos estudios han facilitado datos de la presencia del trastorno en familiares. Es frecuente, por otra parte, hallar en nuestros pacientes que padres, tíos o abuelos han sufrido «algo parecido» pero no fueron diagnosticados, habiendo sido tratados por médicos de cabecera o de cualquier otra especialidad. De este modo, tenemos evidencia hasta el momento de que existe una tendencia genética para adquirir el trastorno.
Pero, ¿qué es lo que hace que en un momento dado esta tendencia se ponga de manifiesto y sobrevenga un ataque?
La causa inmediata de una crisis de pánico no está aún establecida, pero lo que sí sabemos es que habitualmente no está muy alejada en el tiempo de un período de estrés o cambios importantes en la vida —tanto de signo positivo como negativo— o una enfermedad propia o de algún familiar cercano. A veces puede ir ligada a tomar sustancias como alcohol u otras drogas.
Entonces, resumiendo, sabemos que ciertas personas que han heredado una predisposición a responder al estrés de este modo, puestos en una situación estresante o de cambios en su vida, pueden tener un ataque de pánico.
La crisis de pánico es un estado de miedo intenso, patológico que forzosamente deja una huella en la memoria. Cualquier experiencia de este tipo lo haría. El paso siguiente es temer que vuelva a ocurrir, es decir, anticipar esta vivencia de terror. Esto es lo que llamamos «miedo al miedo». Esto es algo aprendido por asociación refleja a partir
del primer incidente y produce un estado de ansiedad anticipatoria que puede aumentar la probabilidad de que los ataques vuelvan a producirse.
Para ilustrar este aprendizaje de inicio del miedo, voy a comentar la experiencia de Patricia que es una ama de casa de 35 años y madre de dos hijos pequeños:
«A finales del verano del 89, tuve un mareo mientras tomaba una copa en un bar que me dejó hondas consecuencias. A partir de este momento empecé a temer que pudiera marearme donde quiera que fuera. El miedo se fue apoderando paulatinamente de mi persona.
»Un día, de vuelta del colegio de mis hijos volví a marearme y así repetidas veces hasta que dejé de acompañarles. No sólo desistí de ir al colegio, también de ir a los lugares que frecuentaba normalmente: supermercado, restaurante, tiendas, etc.
»Estas señales de incapacidad me condujeron a un estado de profunda depresión del que me repuse poco a poco a base de medicación (ansiolíticos y sedantes). Permanecía todo el día en casa sin atreverme siquiera a ponerme al teléfono. Cualquier ruido o visita de fuera me sobresaltaba. En cierta ocasión, en que me quedé sola en casa, experimenté una crisis de angustia muy fuerte que determinó que estuviera siempre acompañada. La medicación y el paso de los días fueron normalizando mi situación pero mis posibilidades de salir a la calle seguían siendo nulas.
»Fue así como me decidí a visitar a Isabel y exponerle mi problema.
»Muy despacio (por indicación suya) empecé a tomar contacto con el exterior con alguna persona de mi familia. Las primeras salidas fueron una pesadilla; sólo soñaba con volver a casa. Me costó mucho poner en práctica una de las normas básicas de la terapia que consiste en permanecer en el sitio, pese a la inseguridad y la angustia hasta que desaparezcan ambas. Al principio resulta muy difícil no dejarse llevar por el impulso de huir; de hecho, yo solía abandonar el lugar donde me encontraba antes de que desaparecieran los síntomas; con el tiempo, he ido aprendiendo a convivir con ellos y aunque el deseo de huir a veces persiste, mi empeño por hacerle frente es superior. A estas alturas del tratamiento, conozco la técnica y normalmente soy capaz de llevarla a la práctica. Afortunadamente, he superado una cierta barrera desde donde vislumbro la posibilidad de normalizarme por completo. Cada vez soy más estricta con mis objetivos y así como hace unos meses me permitía ciertas concesiones en atención a mi angustia, ahora, animada por el deseo de estar completamente bien, no abandono con tanta facilidad.»
Este temor aprendido que tan bien expresa Patricia puede extenderse a lugares similares a aquel donde ocurrió la primera crisis de angustia, como por ejemplo, los bares, en su caso, situaciones, como estar con mucha gente en lugares concurridos, o bien incluso sensaciones físicas, por ejemplo la aceleración cardiaca. Si, por ejemplo, un intenso ataque va acompañado de palpitaciones, no es de extrañar que las palpitaciones también generen temor, ya que pueden ser la señal del inicio de una crisis. Por eso, muchas personas deciden dejar de hacer deporte o incluso subir escaleras para evitar que el corazón se acelere.
El temor a estar lejos de un sitio seguro donde la persona pueda recibir ayuda inmediata en el caso de que sufra una crisis de pánico, compone lo que llamamos agorafobia, y es una complicación habitual de las crisis de angustia.

TRATAMIENTO
El tratamiento tradicional de las crisis de pánico hasta ahora había sido básicamente biológico, sea con tranquilizantes o fármacos antidepresivos. Estos últimos, más recomendables por la ausencia de potencial adictivo.
Actualmente, los investigadores del campo de la psicología experimental están presentando evidencia de la eficacia de los tratamientos psicológicos no farmacológicos aplicados al pánico sin complicación fóbica, concretamente tratamientos cognitivos o de condicionamiento.
El enfoque que utilizamos nosotros es no farmacológico y tiene como finalidad reducir y extinguir la respuesta de miedo que acompaña las mismas manifestaciones de ansiedad mediante la exposición o afrontamiento al temor.
Volviendo al caso de as palpitaciones que nombrábamos antes: si la persona vuelve a enfrentarse a las sensaciones de su organismo que le provocan el temor, por ejemplo, la aceleración cardiaca, el temor se va reduciendo hasta extinguirse y, con ello, las mismas crisis de angustia.
Este tratamiento se denomina condicionamiento interoceptivo.
En el presente momento, tanto los procedimientos más tradicionales, como son los fármacos, así como los más innovadores a base de condicionamiento, es decir, reaprendizaje de las asociaciones reflejas de temor, ofrecen la posibilidad de vivir sin pánico.

 

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